NOTES ET DOCUMENTS N° 4
Enero - Abril 2006

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Discurso social de Juan Pablo II
Sergio Bernal R. S.J.
La economía de América Latina
Rubens Ricupero


Conferencia del Profesor Ricupero en el encuentro 'América Latina en Movimiento', el 24 de marzo de 2006, organizado en Roma por el 'Istituto Internazionale Jacques Maritain' con la colaboración del 'Istituto Italo - Latino Americano'

Apuntes sobre la economía de América Latina

Rubens Ricupero

Ex Secretario General de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo (UNCTAD).

En un mundo como el de hoy, dominado por la primacía del económico, el título de esta conferencia, oportuno y fundamentalmente correcto, podría causar cierta perplejidad si fuera interpretado en los términos habituales de referencia exclusiva a la economía. Aún no estamos muy lejos del tiempo en que se hablaba de la “década perdida” de los años 1980, en el continente, seguida, entre 1997 y 2002, por la “media década perdida.” En ambos casos, el adjetivo “perdida” se refería al crecimiento lento o negativo de la economía.

Sin entrar en el debate sobre si es o no adecuado, aún desde un punto de vista estrictamente económico, considerar estos 15 años como resultado de un proceso de suma cero o menos que cero, la mera existencia de la duda obliga a suscitar la cuestión de los criterios que deberían orientar el juicio histórico sobre una época, una región o un país determinados. Los años de 1980 fueron los de la crisis de la deuda externa y del agravamiento de la inflación crónica pero también marcaron el fin de la mayoría de las peores dictaduras militares, inclusive las de Argentina, Brasil y Chile, así como impulsaron a la redemocratización y al restablecimiento de los derechos humanos. ¿Cuál de los dos aspectos debería prevalecer en la apreciación de estos años?

La respuesta parece ser que un juicio equilibrado necesita tener en cuenta todos los distintos factores relevantes dentro de una jerarquía que establezca una justa gradación entre ellos. El objetivo que me ha sido asignado es de presentar la perspectiva general e introductoria de una conferencia donde otros habrán de enfocar en detalle los aspectos particulares. Sería este, por consiguiente, el momento acertado para intentar verificar si estamos de acuerdo con los criterios que vamos a utilizar en el curso de las discusiones.

Con miras a este objetivo, me permito proponerles dos caminos para nuestro análisis. El primero es partir de la mejor definición que conozco no sólo para el desarrollo sino del progreso histórico en general, la creencia de Jacques Maritain de que el desarrollo o el progreso es la promoción de todos los hombres y del hombre como un todo, en francés, “de tous les hommes et de tout l’homme”. La promoción, quiere decir la elevación, de todos los seres humanos, sin ninguna exclusión ni discriminación, pero del ser humano completo, integral, en sus necesidades materiales, espirituales, culturales, simbólicas, de relaciones con otros seres humanos.

El segundo es que toda sociedad, incluso cada sociedad nacional y la internacional, deberá un día ser juzgada según la manera por la cual ha tratado a sus miembros más débiles, pobres y vulnerables. No necesito recordarles que este criterio proviene de Jesús mismo, en el Evangelio.

No estamos preocupados por el poder, con las armas nucleares y los ejércitos, ni por la riqueza en sí misma, la eficacia en la producción, ni la capacidad de competir en la economía mundial, a pesar de que todas estas cosas puedan servir o no a lo que verdaderamente cuenta: la realización del potencial de cada persona humana. Todo esto puede sonar superfluo u obvio pero sus implicaciones prácticas se vuelven evidentes cuando se piensa en la facilidad con que el éxito económico chino hizo olvidar la masacre de la plaza Tien An Men o en la aceptación por el gobierno norteamericano del status nuclear de la India al mismo tiempo que sigue denunciando el peligro de la proliferación de armas de esa naturaleza en países vecinos.

Concluida esta introducción, me propongo a desarrollar el tema a fin de demostrar los puntos siguientes: 1º.-que, a pesar de la diversidad, existe una fundamental unidad en la situación de toda la América Latina frente al reto del desarrollo; 2º.-que el crecimiento económico actual es alentador pero demasiado dependiente del ciclo internacional para permitir confiar en que sea sostenible a largo plazo; 3º.-que el futuro está condicionado por una cuestión delicada: ¿cómo conciliar el proceso de ascensión de nuevos actores políticos representativos de las mayorías pobres y excluidas –indígenas, por ejemplo- con la necesidad de gobiernos eficaces, racionales, técnicamente competentes y con vocación integradora para evitar la polarización o la radicalización?


I. ¿Por qué América Latina y no América del Sur u otra subdivisión?

Hoy en día, la tendencia hacia una creciente diversificación entre el Norte del espacio latinoamericano – México, América Central y el Caribe – y la América del Sur se manifiesta en dos aspectos principales: la inestabilidad política y el grado de dependencia comercial, económica y de emigración con relación a los Estados Unidos.

La primera tendencia es reciente. Hasta los años 80, la América Central y el Caribe eran los “hombres enfermos” del continente: sandinismo en Nicaragua, guerrilla en El Salvador, guerra civil crónica en Guatemala, preocupación (en los 70) con el gobierno de Michael Manley en Jamaica, problemas continuos de la República Dominicana, confrontación aguda de Estados Unidos con Cuba, acontecimientos sangrientos de Suriname (que pertenece más al Caribe que a América del Sur), la intervención armada norteamericana en Granada y Panamá. Hoy en día, con excepción de Haití, país de extrema singularidad, entre otras razones por ser el único en el hemisferio occidental que pertenece a la categoría de las economías más pobres del mundo, los LDCs (Least Developed Countries o Países Menos Desarrollados), esta subregión da la impresión de relativa calma y normalidad institucional.

En cambio, la vida política más al sur no ha logrado superar totalmente una cierta turbulencia después de la desaparición de los regímenes militares. “Impeachments” de presidentes en Brasil y Venezuela, derrocamientos de mandatarios por el pueblo en la calle en la Argentina, Ecuador, Bolivia, Perú, precedidos o seguidos por protestas populares y enfrentamientos violentos en la plaza pública, persistente dificultad de poner fin a “los últimos de los guerrilleros”, después de décadas de combates, en Colombia, sustos recurrentes en el Paraguay, aumento del nivel de polarización social y de radicalización en Venezuela, y en el arco andino en general.

En la medida en que se avanza desde el sur hacia al norte, crece al mismo tiempo el grado de dependencia económico-comercial con relación a los Estados Unidos. El grupo septentrional, que incluye el norte de América del Sur (Venezuela, Colombia), reúne economías que tienen en el mercado norteamericano desde un 85% hasta 48% del destino de sus exportaciones, siendo similar la concentración con respecto a las importaciones.

La segunda categoría abarca países como el Ecuador (38%), Chile, Bolivia, el MERCOSUR, con porcentajes declinantes hasta llegar al Paraguay, con apenas 8%. Algo muy parecido se puede decir de la importancia relativa de Estados Unidos, que se reduce desde el norte hacia al sur como origen de inversiones extranjeras directas, de financiamientos, como fuente de turistas, como destino de los inmigrantes. Los mexicanos, centroamericanos y caribeños son, por ejemplo, más del 80% de los inmigrantes clandestinos en los EUA.

Una consecuencia lógica de tal situación es que, no por coincidencia, son los septentrionales, ya más o menos integrados en el espacio económico norteamericano, los que tienen más fuerte propensión a firmar acuerdos de libre comercio con Estados Unidos: México, el pionero del NAFTA, Centroamérica, Caribe, ahora Colombia, Perú, Ecuador. Las excepciones, ambas por motivo de orientación político-ideológica, quedan por cuenta de Chile, favorable a la tendencia y de Venezuela, opuesta.

Lo que se puede concluir del panorama de relativa diversidad es que la geografía aún cuenta y mucho en nuestros tiempos de globalización. Muchas de las diferencias que se han resumido arriba no son de hoy pero vienen de lejos. Eso es cierto no solamente con respecto a la dependencia económico-comercial sino que también en lo que atañe a la vida política.

Las intervenciones militares americanas han tenido siempre como escenario México, América Central y el Caribe, o sea, el inmediato entorno espacial de Estados Unidos y esa particular sensibilidad a la seguridad territorial data prácticamente del período de la independencia norteamericana. En medida ponderable, la “pacificación” de Centroamérica se debe a una presencia y acción yanquis más masivas y directas en ese entorno, mientras en el sur los métodos han sido más sutiles e indirectos. Venezuela, por su posición geográfica y por su petróleo, se encuentra de cierto modo ubicada en el límite mismo de esas dos zonas.

Las diferencias son casi siempre de intensidad o de posición. No constituyen así razón suficiente para plantear que se separe metodológicamente el norte del sur de América Latina en nuestra discusión. En efecto, desde el punto de vista estructural, ninguna de esas economías ha logrado ascender de categoría y pasar a ser plenamente desarrollada. Todas son economías de nivel intermediario de desarrollo en grados distintos y países que, en términos políticos, sufren todavía de graves debilidades institucionales. Sus índices económicos y sociales difieren enormemente de los países desarrollados del hemisferio, Canadá y EUA.

Por otro lado, comparada a otros continentes en desarrollo como Asia y África, Latinoamérica se diferencia culturalmente por ser una especie de “otro Occidente”, el occidente del Occidente. En numerosos aspectos, es mucho más uniforme que Europa: en idiomas, tradición histórica, herencia religiosa y cultural, para no hablar de la presencia incomparablemente menor de conflictos étnicos, religiosos, raciales o de odios ancestrales. Ese carácter de fundamental unidad aparece con particular claridad en la similitud de desempeño económico, reflejo de una común estructura de las economías.


II. La economía como denominador común

Efectivamente, lo que más impresiona en América Latina es que, a pesar de las opciones distintas de los países en materia de integración a la economía mundial – por ejemplo, la disposición o la reluctancia en firmar acuerdos de libre comercio con Estados Unidos – el desempeño de las diversas economías es, en la práctica, bastante parecido. Tal desempeño acompaña muy de cerca a las oscilaciones positivas o negativas del ciclo económico internacional, como se puede ver en el análisis de los últimos años.

Entre 1997 y 2002, por ejemplo, América Latina ha tenido cinco años consecutivos de crecimiento negativo del PIB per capita. El período coincide con las crisis monetarias y financieras mundiales de 1997 y 1998, con repercusiones en países de la región y con la desaceleración de la economía norteamericana y mundial en 2001. Esos factores se han visto agravados por fenómenos específicos: el colapso argentino de 2001 y 2002 y la crisis político-económica de Venezuela.

En contraste, desde 2003 hasta el año corriente, según las previsiones, Latinoamérica debe presentar cuatro años seguidos de crecimiento a tasas medias de 4% al año, casi 3% per capita, con una expansión acumulada por habitante de aproximadamente 11%. En 2005, la tasa de aumento ha sido de 4,3%. La expansión ocurre, entretanto, en contexto mundial de crecimiento general, con aumento mundial de 3,3% y tasas de 5,7% para los países en desarrollo incluyendo a China y de 4,9%, sin China. Como se nota, la expansión latinoamericana es inferior a la de los demás países en desarrollo.

Es interesante observar que el motivo principal del desempeño más modesto es el crecimiento menor de las dos grandes economías de la región, las de Brasil y de México, que solo aumentaron entre el 2,5% y el 3%. Curiosamente, el primero es el país que se ha opuesto con más vigor al ALCA y el segundo es el que hace más de diez años disfruta de los beneficios del libre comercio en América del Norte, en el seno del NAFTA.

Conviene también subrayar que, excluidos Brasil y México, algunas economías latinoamericanas, entre ellas las andinas y las del MERCOSUR, han crecido más que el promedio de las economías en desarrollo en el resto del mundo, gracias a la mejora de los términos de intercambio debido a la elevación de los precios de las materias primas y de los productos primarios como consecuencia principalmente de la demanda china.

Ese factor ha igualmente beneficiado las exportaciones, el saldo comercial y de cuentas corrientes de Brasil, gran exportador de ese tipo de producto, pero todavía no se ha traducido en aceleración del crecimiento económico en razón de la política monetaria restrictiva seguida por ese país.

México, por su vez, que exporta manufacturas intensivas en mano de obra y de valor agregado relativamente bajo, ha sufrido (así como los centroamericanos) la concurrencia deflacionaria de China en el mercado norteamericano. La mejora de los términos de intercambio sólo lo ha favorecido en el caso del petróleo. No quiero con eso insinuar que los acuerdos de libre comercio sean irrelevantes pero solamente sugerir que se trata de una estrategia entre otras, incapaz de manera aislada de compensar la falta de diversificación y de incremento cualitativo en la competitividad exportadora.

De manera general, el desempeño económico latinoamericano se ha caracterizado por notable uniformidad:

• Todos o casi todos han aumentado significativamente las exportaciones, los saldos comerciales y los saldos en cuenta corriente, estos últimos por primera vez en 50 años;

• La explicación en todos los casos ha sido la mejora de los términos de intercambio, sobretodo en minerales y petróleo, siendo el aumento de precios más importante que el de los volúmenes exportados;

• Todos o casi todos han acumulado reservas, anticipado el pago de las deudas y mejorado sus tasas de riesgo internacional;

• Todos se han visto favorecidos por el aumento enorme de las remesas hechas por inmigrantes;

• Todos han sufrido de apreciación de sus monedas con relación al dólar por efecto de los saldos comerciales y de las remesas, sin que esa apreciación haya sido compensada por aumento de la competitividad.

Desde el punto de vista de ciertas características, algunos países o regiones se han desviado de la norma general debido a causas particulares. La evolución del sector externo de la economía ha sido negativa en el Caribe y en Centroamérica, importadores netos de petróleo. Venezuela y Argentina han crecido más aceleradamente a fin de recuperar las pérdidas recientes. No obstante tales excepciones, lo que prevalece es más la similitud que la discrepancia.

Un punto que causa preocupación en la similitud de desempeño es la tasa de inversión y la de formación bruta de capital fijo. Ambas están mejorando pero aún se encuentran distantes de los niveles indispensables para asegurar un crecimiento más elevado y sostenible durante un largo período. La tasa de inversión, por ejemplo, está actualmente en 22% del PIB, lejos del 25% o más, que sería necesario, apenas alcanzado por Chile, sin duda el único que se ha acercado verdaderamente a un cambio estructural cualitativo y que se destaca de los demás por su crecimiento regular, con menos oscilaciones de la economía así como por la mejora de casi todos los indicadores socio-económicos.

La dinámica reciente de la región confirma, por lo tanto, el acierto del nombre de nuestra conferencia. América Latina está en movimiento. Pero, ¿se moverá hacia el objetivo de manera suficientemente rápida? El crecimiento promedio de 4% al año es demasiado reciente – dato de los últimos tres años – después de un largo período decepcionante. La expansión actual depende mucho de la valorización de los productos básicos, de la mejora de los términos de intercambio y de otros factores cíclicos de la economía mundial. ¿Cómo ha reaccionado la situación social frente a esa evolución?

Nuestro punto de partida será el año de 1980, víspera de la fecha en que estalló en México, dos años después, la larga y dolorosa crisis de la deuda externa. En aquel entonces, el índice de pobreza de América Latina era de 40,5% de la población y el de indigencia, de 18,6%, según el Panorama Social de la América Latina y del Caribe, publicado por CEPAL, la Comisión Económica de las Naciones Unidas para la América Latina y el Caribe. En 2002, transcurridos veinte años y una generación, esos indicadores eran de cerca de 44% para el primero y de 20% para el segundo, cifras elocuentes para explicar por qué se han considerados como perdidos muchos de aquellos años. Es verdad que 2002 ha sido un momento excepcionalmente desfavorable en razón de las crisis en Argentina y Venezuela y de sus impactos sobre la pobreza.

Hoy, hay una disminución de la pobreza y de la indigencia, invirtiendo la tendencia negativa entre 2001-2003. Las cifras proyectadas al año 2005 son las más bajas desde inicios de la década de los ochenta: 40,6% de pobres y 16,8% de indigentes. Aún así, la reducción en el porcentaje de pobres solo ha contrarrestado el crecimiento poblacional, por lo que el número de personas en situación de pobreza en 2005 – 213 millones – es similar al de 2001 – 214 millones - y superior al de 1990 – 200 millones.

La principal responsabilidad por esa evolución positiva corresponde, en primer lugar, a la reducción del desempleo y, en segundo lugar, a los aumentos de las remesas de inmigrantes. La aceleración del crecimiento económico ha permitido disminuir en un punto porcentual la tasa de desempleo, del 10,3% al 9,3%. En un marco de incremento de la proporción de empleo formal, la mejora de los mercados de trabajo ha comenzado a traducirse en un descenso de la pobreza.

La conclusión del capítulo parece clara: hay movimiento, las cosas comienzan a moverse en una buena dirección pero la mejora es incipiente y la velocidad del cambio no es suficientemente rápida para responder a las demandas acumuladas durante décadas


III. ¿Cómo atender y acomodar a los nuevos actores?

¿Cuál debería ser la velocidad deseable y razonable del crecimiento económico para eliminar la pobreza y la indigencia? En un pasado no muy distante, la CEPAL sostenía que, a fin de absorber el retraso social y tecnológico acumulado durante muchos años, la región tendría que crecer a una tasa entre 6% y 7% a lo largo de dos décadas. El hecho de que el crecimiento realizado desde 1980 no ha pasado de ínfima fracción de esas cifras explica una buena parte de la inestabilidad, turbulencia, frustración y violencia del último cuarto de siglo.

No es fruto de mera casualidad que las grandes perturbaciones sociales y políticas hayan coincidido con el deterioro del empleo, entre 1990 y 2001: en la Argentina, de 7,5% a l7,4%; Bolivia, de 7,2% a 8,5%; Ecuador, de 6,1% a 10,4%; Perú, de 8,3% a 9,2%; Venezuela, de 11,0% a 13,5% (datos de la Organización Internacional del Trabajo). El desempleo urbano de las mujeres era entonces 45% superior al de los hombres y el de los jóvenes era el doble de este último.

En tales condiciones, ¿puede alguien sorprenderse de que, un poco en todas partes, nuevos actores sociales antes excluidos hayan emergido para exigir voz y poder de decisión en el proceso político? La llegada al poder de Lula y del Partido de los Trabajadores en Brasil, los cambios electorales en la Argentina de Néstor Kirchner y en el Uruguay de Tabaré Vásquez, los avances de los movimientos indígenas en Bolivia y en Ecuador, la movilización de barrios pobres que respalda a Chávez, son todas expresiones de una tendencia de fondo en que algunos solamente preferirán ver la peligrosa amenaza del populismo.

Las dos lecturas del fenómeno son posibles e incluso complementarias. El populismo latinoamericano, de naturaleza esencialmente distinta de su variedad europea contemporánea, no deja de ser casi una manifestación inevitable de la fase de evolución política en que se encuentra América Latina. Liquidada, aparentemente en definitivo, la etapa de los gobiernos militares dictatoriales o el largo dominio de un partido monopolista como en México, la región vio nacer una democracia de masas, pero de masas pobres, con poca educación formal, reducido acceso a la información, recientemente urbanizadas.

En cualquier parte del mundo, esas características tienden a producir un difícil período de transición en la medida en que actores sociales previamente excluidos hacen su aprendizaje de los mecanismos del poder decisorio, antes concentrados en pocas manos aristocráticas u oligárquicas. Los europeos que han olvidado esta verdad se acuerden de los ciclos revolucionarios de 1830, de 1848, de la Comuna parisiense de 1870, de la dura represión de los movimientos liberales y nacionalistas, de la organización de los primeros sindicatos social-demócratas en toda Europa, para convencerse de que lo que ocurre en “el otro Occidente” es una versión moderada de lo que ellos mismos han vivido.

El hecho de que el proceso sea inevitable no significa que sea inofensivo o incapaz de producir efectos perniciosos y hasta retrocesos temporarios. Una de las marcas del populismo es la simplificación de los problemas, tendencia sumamente inoportuna cuando el desafío consiste, cada vez más, en tratar la complejidad. La solución se debe buscar en la única manera de comprender y administrar la complejidad: la información, el conocimiento, la conquista de la madurez a través de la educación.

¿Será posible completar la transición del aprendizaje del poder sin desestabilizar la economía y la vida democrática? La experiencia reciente de Chile, México, últimamente de Brasil, así como otras más dudosas y complicadas, indican que, en esa materia, no existen determinismos ni para el mal, ni para el bien. Como siempre en la historia, todo depende de la libertad de los seres humanos, de su sabiduría, equilibrio y moderación o de su insensatez, pasión destructiva o ambición desmedida. Habrá, como siempre, perdedores y ganadores. Una esperanza es que el ejemplo de algunos países de relativo éxito y cierto peso específico pueda ejercer una influencia constructiva y moderadora.

Para esa esperanza existen fundamentos sólidos. Basta ver, por ejemplo, como, en todas las situaciones, aún las más difíciles y radicales como el derrocamiento de presidentes por “impeachment” constitucional y regular o por el pueblo en la calle, invariablemente se han encontrado soluciones democráticas, sin retrocesos dictatoriales, ni exceso de violencia. Más que la inestabilidad, lo que es digno de admiración en la experiencia de la democracia de masas latinoamericana es lo que en inglés se llamaría su “resilience”, que es algo más que capacidad de resistir y de sobrevivir, una cierta cualidad coriácea de resistencia y obstinación.

El verdadero retroceso, como dice mi amigo Norman Gall, gran conocedor de América Latina y Director Ejecutivo del Instituto Fernand Braudel de Economía Mundial, en San Pablo, se encuentra en la negación del auténtico progreso de la región, que “se ha convertido en un lugar común del discurso político y económico, erosionando la legitimidad de las instituciones en proceso de evolución.” Esa actitud de negación deriva en parte de la dificultad o imposibilidad de capturar en las estadísticas usuales los tipos de progreso histórico intangibles o inmensurables, como la fuerza gradual de la convicción democrática o el rechazo general de permitir la vuelta de la inflación crónica desestabilizadora.

No se valora en medida suficiente la magnitud del desafío que tuvo que enfrentar América Latina en términos de explosión poblacional o crecimiento desmesurado de la urbanización en un brevísimo lapso de tiempo. ¿Cuántos saben, por ejemplo, que la población de la América Latina y del Caribe se ha triplicado desde 1950, hace apenas 50 años? O, ¿cuántos se dan cuenta de que el continente es ahora esencialmente urbanizado (contrariamente a China, India, África ) y que ya tiene nada menos que 50 ciudades de un millón o más de habitantes? ¿Cuál es el ciudadano europeo o norteamericano consciente de que la población de San Pablo, mi ciudad natal, ha experimentado el mayor crecimiento urbano de largo plazo en la historia de la humanidad, expandiéndose de 31.000 habitantes en 1870 a 18 millones en la actualidad, crecimiento que, en gran medida, se ha concentrado en el período de mi vida personal, comenzada en 1937?

En 14 países de América Latina, tan sólo el 1,7% de los niños en edad escolar terminaban primaria en 1960. Ahora, aunque la baja calidad de la enseñanza malgasta una gran parte de la inversión en educación, la alfabetización y las matrículas en escuelas se aproximan casi de la universalidad de la población escolar en numerosos países, al menos en cantidad. Así sintetiza Norman Gall algunos de los progresos no siempre captados por los análisis económicos: “Las mejoras en el transporte permiten a personas de menores recursos migrar a otras regiones o países, viajar, comerciar a grandes distancias. Existe prácticamente un acceso universal a la radio y la televisión, que permite niveles de entretenimiento, educación e información, desconocidos en épocas anteriores. La expansión del acceso a la electricidad permite a millones de familias adquirir refrigeradores y otros implementos electrónicos o mecánicos, que facilitan la preservación de los alimentos, mejorando la nutrición y reducen la carga de tareas domésticas. La propagación de la telefonía celular ha acrecentado la capacidad logística y productividad de la población más pobre, particularmente en las grandes ciudades. Los invisibles consumidores de las periferias pobres, recientemente descubiertos por grandes empresas, abarrotan los gigantescos supermercados que brotan en sus barrios, para acceder por el mismo precio a la calidad de servicio que le era propia al habitante de barrio residencial. Todos estos hechos han ayudado a fortalecer la vocación democrática”. Y, podríamos añadir, han igualmente alentado la esperanza de días mejores para los que han abandonado la vida rural o sobreviven gracias a las miríadas de variedades de la economía informal que se multiplican en la periferia de Lima, La Paz, San Pablo y otras ciudades. En último análisis, es la esperanza que explica la fuerza de la convicción democrática, el abandono de las ilusiones revolucionarias, la tendencia a que la vida política se vuelva cada vez menos violenta y más institucionalizada. Pero, la esperanza se alimenta continuamente de hechos concretos y éstos tienen que traducirse en crecimiento capaz de proporcionar a todos trabajo digno para salir de la pobreza.

Ya habíamos visto que la CEPAL estimaba ese crecimiento en 6% o 7% al año. Hay quienes sostienen que tales tasas, propias de la época dorada, ya no serían factibles, a pesar de que sean triviales en Asia, e incluso que Chile las iguale o supere frecuentemente. A fin de no perder tiempo con ese debate, podemos esperar en la posibilidad de que tasas tan altas dejen de ser indispensables gracias a lo que los demógrafos denominan “el dividendo demográfico”. Ese es uno de los frutos más positivos de la transición demográfica, de la caída súbita y sensible de las tasas de natalidad, de mortalidad y de la tasa de fecundidad. En consecuencia de este fenómeno, durante los próximos 50 años, América Latina tendrá el menor número de dependientes que no pueden trabajar – niños y personas de más de 60 años – con relación a las personas en edad activa, o sea, capaces de asumir un empleo productivo.

Un ejemplo típico, que conozco mejor, es el de mi país, Brasil. Durante todo el siglo XX, el promedio de dependientes por 100 personas en edad activa ha sido de 78, alcanzando en cierto momento nada menos que 90, en mayoría niños. A partir de ahora y hasta el año 2026-2030, la cifra de dependientes llegará a su punto más bajo, gracias a la reducción del número de niños. Después de 2030, aumentará gradualmente el número de personas ancianas pero, hasta 2050, ese aumento no compensará la disminución de menores. Durante los próximos 50 años hasta aquella fecha, el promedio de dependientes será de 50, o sea, 28 personas de menos que a lo largo de todo el siglo pasado. Eso significa no sólo una carga demográfica inferior, sino también mucho menos presión sobre los recursos naturales, sobre la situación ambiental, en términos de migraciones del campo hacia las ciudades o entre regiones, así como de expansión urbana.

Hay igualmente que considerar que esas generaciones serán las más alfabetizadas y educadas, mejor calificadas profesionalmente, con mejor salud, en fin, más preparadas a dar una contribución importante al desarrollo. Un factor adicional que pesa positivamente es el alivio causado por la emigración. En el siglo XIX, cuando Europa se encontraba en una situación similar, cerca de 60 millones de europeos dejaron el Viejo Continente para emigrar a los países nuevos, lo que ha ayudado enormemente la transformación de su economía. Ese mismo efecto deberá ahora beneficiar a América Latina.

Sin embargo, la demografía no es un factor que actúe de manera autónoma y sus beneficios dependen de la respuesta de la economía. El dividendo demográfico significa simplemente que habrá menos dependientes para cada 100 personas en edad activa pero estar en la edad de trabajar y no encontrar un empleo debido a la falta de dinamismo económico redundará en anular el dividendo y perpetuar los problemas sociales. Continuará, así, a ser necesario mejorar la velocidad y la calidad del crecimiento. La ventaja proporcionada por la demografía es que, si antes se necesitaba crecer 7% para doblar el ingreso por habitante en pocos años, hoy bastará un crecimiento de 5% para el mismo objetivo.

Tal meta parece razonable si se considera que la región ha producido recientemente resultados similares y a condición que se sigan aumentando, como en los últimos años, las tasas de inversión y de formación bruta de capital fijo. Para eso hace falta mucho, pero se podría concentrar en dos palabras: educación e instituciones. Educación de calidad para todos, con centros de excelencia que contribuyan a elevar la capacidad de innovar y competir, en especial en ciencias y tecnología. Instituciones que conduzcan a gobiernos responsables y políticas que promuevan el combate a la pobreza, a la desigualdad y posibiliten crecer con equidad.

La combinación de educación de calidad e instituciones eficaces es la llave para aprender a administrar sociedades complejas, el medio para eliminar la pobreza y reducir la desigualdad.

Esta es la ruta que nos habrá de conducir a la meta deseada por Maritain y dará sentido al movimiento de América Latina. Sólo nos resta, como en el Salmo 120, pedir que Dios nos guarde y proteja en la partida y en la llegada.