LOS COMIENZOS DE UN FILÓSOFO *

Raïssa Maritain


(Transcrito del Capítulo VIII, del libro 'Adventures in grace' [Aventuras en la gracia], 1945, libro de memorias escrito por Raïssa como continuación de 'Las grandes amistades', 1941.)

 

 

Me propongo hablar de varios acontecimientos domésticos y del trabajo inicial de Jacques, lo que me obliga a regresar un poco al pasado. Como he dicho en otra oportunidad, tuvimos nuestra primera residencia en Versailles, en Rue de l’Orangerie, desde octubre de 1909 y allí vivimos hasta 1913. Desde 1909 hasta 1913 Jacques, además de su trabajo regular, se dedicó a la compilación de un ‘Diccionario de la Vida Práctica’. Aunque él y sus colaboradores estaban atrasados incluso con las extensiones de tiempo que sucesivamente se les concedían, logró finalmente terminar ese tedioso trabajo, abandonando de paso sus derechos de autor en la venta de una obra maestra que siempre tuvo dificultad en reconocer como propia.

Su trabajo filosófico de esos años estuvo dedicado, en parte, al estudio completo de Aristóteles y Santo Tomás y a la lectura de autores escolásticos actuales y, en parte, a sus primeros escritos y conferencias. En 1909 había escrito un estudio sobre ‘El Neo-vitalismo en Alemania y el Darwinismo’, en el que usó el material acumulado durante nuestra estadía de dos años en Heidelberg, y que fue publicado en 1910. Con ello se liberó de la obligación que había contraído como beneficiario de la beca Michonis. En ese estudio, en el que pasa revista al trabajo de los representantes principales de un movimiento filosófico-científico peculiarmente desequilibrado, destaca en particular el trabajo de investigación de Hans Driesh, cuyo método considera sólido y concluyente, y comparte con él que ninguna combinación de partes diferenciadas constituyentes de una unidad puramente físico química – no una máquina – puede actuar de la misma forma que los embriones de erizos que han sido divididos en toda clase de fragmentos, cada uno de los cuales no pierde tiempo en desarrollarse como un erizo completo.

Jacques soñaba con continuar estos experimentos, pero la vida no le ofreció mayores oportunidades a su vocación de biólogo que ha su vocación de pintor. Admiraba el análisis con el que Driesh demostraba la necesidad de un factor extra-espacial (“entelequia”) en el desarrollo de los organismos vivientes, así como aquellos análisis en que indicaba que la conducta de los animales no puede explicarse sin un factor “psicoide” (expresión que nos hacía mucha gracia). No obstante lamentar que Hans Driesh haya dejado su laboratorio por una metafísica más bien incierta, Jacques mantuvo siempre su aprecio por un hombre de una inteligencia penetrante y de corazón muy generoso. Mucho después escribió el prefacio del primer volumen de la traducción francesa del libro ‘La Filosofía del Organismo’, colección de las Conferencias Gifford de Driesh.

En 1910, Jacques escribió su primer estudio filosófico, ‘La ciencia moderna y la razón’. Es absolutamente notable que en ese primer artículo, en el que un hombre joven presenta su pensamiento en público, Jacques pone toda su pasión y el deseo de “quebrar los cristales de la ventana”, así como de fastidiar al lector, calzando perfectamente con su condición de ahijado de León Bloy, lo que fue justificado, además, por los obstáculos que debían ser superados. El artículo fue presentado a Mr. Trogan, secretario del periódico ‘Correspondent’, y fue rechazado instantáneamente por ser incompatible con los tranquilos temas que ese calmo periódico gustaba presentar a sus lectores. Fue publicado varios meses después, en junio de 1910, en la Revue de Philosophie, dirigida por el Padre Peilluabe. Dicho ensayo pasó a ser el primer capítulo de ‘Antimoderno’ (1923), libro en que Jacques presentó sus primeros artículos.

Allí, Jacques describe algo sobre lo que tenía una vívida y dolorosa intuición, cual es la trágica situación a que ha llegado la razón – “parece que en nuestro tiempo la verdad es demasiado fuerte para las almas, y ellas son capaces solamente de verdades disminuidas...” – y la confusión que, enfeudando la auténtica ciencia a un inconfesado sistema seudo-metafísico, transformó la ciencia de los fenómenos, en sí mismas dedicada esencialmente a la verdad en un determinado dominio, en un instrumento de debilitación del intelecto con repecto a las verdades de otro orden.

“Así, limitada, no por su naturaleza, sino por las circunstancias de su nacimiento... al orgullo intelectual y a la vanidad racionalista, la ‘ciencia moderna’ se ha convertido al fin en esa grosera divinidad que se adora en las escuelas primarias, esa fortaleza del espíritu mundano, ese depósito de confusiones y falsas ideas que constantemente provee al error de sus armas, esa gruesa y pesada sabiduría subordinada a la carne que amenaza con destruir la inteligencia humana”. He citado aquí la conclusión del artículo, cuya violencia lo hizo aparecer a los ojos de quienes no lo han leído cuidadosamente, que Jacques estaba tomando partido “en contra de la ciencia”, lo que no sería sino un un absurdo, una clase de suicidio del pensamiento, cuando, muy por el contrario, todos sus esfuerzos estaban y están siempre centrados en la pureza de la noción de ciencia (lo mismo que en toda clase de conocimiento) de los parásitos que la desfiguran, para retornar la ciencia a su propia verdad.

El Padre Peillaube, que simpatizaba con el joven filósofo desde un comienzo, estuvo él mismo embarcado en grandes luchas intelectuales en el Instituto Católico de París, en el que hasta ese instante la instrucción estaba bajo la dependencia de la Facultad de Letras y era impartida por un solo profesor, Abbé Piat. Con su perseverancia y artística obstinación, el Padre Peillaube logró la creación de una Facultad dedicada exclusivamente a la filosofía, en la que el estudio de Santo Tomás estaba supuesto tener el primer lugar. Jacques mantuvo siempre una gran gratitud por el afecto personal del Padre Peillaube, como así mismo por las batallas filosóficas en que constantemente estaba empeñado. Él había fundado la Revue de Philosophie, que era publicada por Marcel Riviere, quien fuera también el publicista de George Sorel y estaba a cargo de una librería socialista. Sorel, que permanecía alerta de todas las manifestaciones de las nuevas corrientes de pensamiento, un día le había dicho: “Mantén un ojo avisor en esos Tomistas de quienes al parecer nadie habla todavía y que están agitando la restauración de la vida intelectual católica... ellos tienen futuro”. Fue escribiendo críticas de libros para la Revue de Philosophie que Jacques entró en contacto con el Padre Peillaube, y luego con algunos de los Padres Maristas alrededor de él.

El Bergsonismo como sistema y el Bergsonismo de intención

En 1911, a pedido del Padre Peillaube, Jacques escribió para la Revue de Philosophie un largo artículo titulado ‘El Evolucionismo Bergsoniano’, en el que resume las críticas al Bergsonismos desde el punto de vista de la filosofía Tomista. Un año más tarde, Jacques, con la esperanza de que su criticismo no sería confundido con el agrio celo y espíritu partisano de aquellos que más adelante serían llamados “integristas católicos”, ni con la feroz y vacía agresividad de Julien Benda, publicó, esta vez en la Revue Thomiste, el artículo ‘Los dos Bergsonismos’ en el que distingue, conforme a lo que siempre había pensado, el ‘Bergsonismo como sistema’, en contra del cual era muy severo, del ‘Bergsonismo de intención’, cuyo espíritu siempre admiró, porque lo consideraba rico en valiosas semillas de verdad; según él, el “sistema” había traicionada la “intención” vital. De lo que concluía: “Si procurásemos aislar y dejar libre este Bergsonismo de intención, parece posible que, pasando al acto, podría liberar y ordenar sus poderes en la gran sabiduría de Santo Tomás de Aquino”.

Fue, sin duda, bastante audaz ponerse a sí mismo en oposición al más grande filósofo de nuestro tiempo. Pero, ¿no fueron acaso ambos, el ilustre filósofo y antes el valiente joven, otra cosa que amigos de la verdad? Aunque Bergson se sintió disgustado, supimos que había entendido. (En cuanto concierne a Santo Tomás, Bergson escribió pocos años antes de su muerte que no obstante ser poco familiar con Santo Tomás, cada vez que tuvo contacto con algunos de sus textos, se encontró en acuerdo con ellos, accediendo de inmediato a considerar su filosofía en una corriente de continuidad proveniente de Santo Tomás).

Muchos años más tarde, después de la publicación por Bergson de su tan esperado trabajo ‘Las dos fuentes de la moral y la religión’ – impulsada por nuestro amigo Georges Cattaui, que veía a menudo a Bergson y que me dijo que el filósofo se acordaba de su vieja alumna, la joven muchacha que asistía a sus clase sobre Plotinus – tomé la decisión de visitarlo.

Escribí sobre esta visita en un artículo publicado en The Commonweal, en 1941. De lo que Bergson me dijo sólo quisiera citar aquí lo referente al artículo de Jacques, ‘Los Dos Bergsonismos’.

“Bergson habló de Jacques y del trabajo de Jacques. Me dijo: «Usted sabe, cuando su esposo puso mi filosofía “de hecho’ en contra de mi filosofía “de intención” como conteniendo ciertas virtualidades no desarrolladas, él tenía razón». Y continuó, mientras mi corazón se llenaba de gratitud y admiración: «Desde entonces nos hemos movido uno hacia el otro y nos hemos encontrado a mitad de camino». Y yo pensé para mi misma que ellos se habían encontrado en Cristo, que es el Camino y también la Verdad...”.

León Bloy, a quien Jacques había dado un ejemplar de la Revue Thomiste, aceptó por excepción leer un artículo filosófico. Luego escribió en su diario: “Todos saben de mi falta de entusiasmo por la filosofía, a mi juicio, la más aburrida pérdida del precioso tiempo de nuestra vida; además de lo cual me frustra su jerigonza. Pero con Jacques todo es muy diferente... No esperaba ver un brazo tan fuerte bajo la harapienta vestidura de la filosofía. El brazo de un atleta y la orgullosa voz de un lamentador de los viejos tiempos. Sentí a un mismo tiempo algo así como una ola de dolorosa poesía, una poderosa corriente que viene desde muy lejos” (L. Bloy ‘El Peregrino de lo Absoluto’, 1912)

En aquel período, cediendo a una profunda atracción, decidimos orientar nuestras vidas más definitivamente hacia un trabajo de contemplación y de sacrificio, a tal propósito, de muchas de esas cosas y esperanzas que son normales en la vida del mundo. Por varios años, en un momento en que nuestras vidas no habían sido aproblemadas todavía por actividades externas, y en el que disponíamos de gran parte de nuestro tiempo, con Vera, mi hermana, comenzamos a vivir como una pequeña comunidad religiosa, en la que el primer lugar fue otorgado a estudio de las cosas espirituales.

En octubre de 1912, Jacques comenzó el primer año de sus cursos de filosofía en el Colegio Stanislas, de los que se hizo cargo por recomendación del Padre Peillaube, y cesó sin pesar alguno sus labores en la Maison Hachette. Ello no quiere decir que el comienzo de sus cursos en Satanislas haya sido fácil. Él había decidido convertir la filosofía de Aristóteles y Santo Tomás en el centro de sus enseñanzas. Sin embargo, para la administración del colegio, los estudiantes y sus familias, el Tomismo parecía particularmente peligroso para los efectos del éxito final de los candidatos al bachillerato, al cual limitaban todas sus ambiciones intelectuales (total, después del bachillerato viene la carrera de cada cual, mucho más importante que las convicciones filosóficas).

El director del Colegio, Canon Pautonnier, miró a Jacques con ojos preocupados y le dijo con sonriente insistencia: “Pasará, mi amigo, ese ardor neófito pasará...” “No ha pasado”, escribió Jacques varios años después (1923) en el prefacio de ‘Antimoderno’. “Por el contrario, con el tiempo ha pasado a ser más tenaz y más determinado aunque ha perdido – al menos así lo espero – la brusquedad de la juventud y la inexperiencia”.

Pero había algo "peor" que su Tomismo: desde el primer día Jacques decidió comenzar sus clases con una oración – un Ave María seguido de una invocación a Santo Tomás –; este “neófito” tomaba seriamente el status “católico” del Colegio y de sus estudiantes. Esa no era la costumbre en Stanislas, especialmente en las clases de los estudiantes de filosofía, que, como se entenderá, ya no eran niños, y que seguían cursos en “adoración”, como eran llamados, pero que sentían que la religión no tenía nada que ver con las clases reales – esas que preparaban para los exámenes. Prevalecía el sistema de “compartimentos herméticos”...

Un muchacho, que llegó a ser uno de los mejores estudiantes en la clase, y al que Jacques llegó a ser muy apegado, se levantó el primer día y declaró que él no podía recitar la oración “porque ya había cruzado en el ferry moderno y no sabía como rezar en latín”. “Muy bien”, replicó el profesor, “abandone la clase y no regrese hasta que sepa suficiente latín para decir el Ave María”. El estudiante y sus padre reclamaron a la administración, que comenzó a temer la pérdida de sus pupilos. Sin embargo, Jacques ganó el caso. El relato de este incidente nos dio a mi hermana y a mi una alegría levemente angustiosa.

Jacques estaba muy contento de tener que dar un curso completo de filosofía; aprendió muchísimo preparándolo. Leía mucho y meditaba más aún, tratando de no dejar sin respuesta ninguna pregunta que se presentase en el curso. Pero él no pensaba que debía dar a sus estudiantes una solución preestablecida; en cada caso, la solución debía surgir de la discusión como un nuevo descubrimiento, y la curiosidad, la urgencia de explorar lo desconocido debía ser siempre estimulada. ¡Cuan tormentoso era caer de pronto en una dificultad imprevista, y tener que encontrar la respuesta antes de la clase del día siguiente! Jacques pasaba noches enteras trabajando en semejantes cosas.

Él entregó todas sus energías exponiendo los temas del programa y los problemas de la filosofía contemporánea a la luz de los principios de Santo Tomás. Y al final de cuentas, contrariamente a los temores unánimes, el porcentaje de estudiantes que pasó su bachillerato excedió largamente al de los años precedentes. El Tomismo, no sin dificultad, adquirió sus derechos ciudadanos en una institución católica.

Las conferencias sobre Bergson

Jacques reinició pronto sus cursos en Stanilas, a los que agregó una serie de conferencias sobre ‘La Filosofía de M. Bergson y la Filosofía Cristiana’, dictadas en abril y mayo de 1913 en el Instituto Católico de París.

Las conferencias crearon en su momento una gran expectación; León Bloy asistió a varias de ellas. Muchos se escandalizaron por el tono de imperiosa certeza usado por el conferenciante y por la implacable lógica de su crítica; otros, como Psichari, se deleitaban de oir a Jacques que, rompiendo con todas las convenciones académicas y afirmando la unión orgánica y vital entre fe y filosofía, declaraba ante su estupefacta audiencia: “Existe sólo una región donde el alma y el intelecto pueden vivir en paz con Dios y crecer en gracia y verdad: es a la luz del Tomismo”. Les recordó a los cristianos que el bautismo conlleva sus obligaciones al campo de la filosofía al igual que en todas partes, y al final de su conferencia exclamó: “Al destruir la Inteligencia y la Razón y la Verdad natural se destruyen los fundamentos de la Fe. Por eso es que una filosofía que blasfema el intelecto nunca será católica”.

La agitación creada cada miércoles por esas conferencias continuaba en apasionadas discusiones; y aquellas que tenían lugar los jueves en la casa de la madre de Jacques, y que enfrentaban a Peguy con Psichari, no eran en absoluto la menos animadas. Peguy, que no asistió a las conferencias de Jacques, pero que recibía sus ecos, no entendía la llama que incentivaba a Jacques, y, poniendo su propio debate sobre la base de sus luchas contra la Sorbona y sus infuencias en procura del dominio de las mentes, estaba indignado de que católicos tomasen lado contra un filósofo que había propinado los más duros golpes contra el cientismo materialista. Para Jacques, en cambio, todo era cuestión de la sola verdad y de los derechos de la inteligencia.

La batalla tenía lugar con toda furia. Lo que estaba en juego era la integridad de la fe y la razón. A un joven bergsoniano que decía: “Maritain triunfa muy facilmente; no es equitativo oponer un sistema completo como el Tomismo a una doctrina que está en proceso de desarrollo, todavía consciente de su camino”, Psichiari le respondió: “Pero la cosa no consiste en filosofar; es una cuestión de vida o muerte”.

Lo que Jacques tenía en vista no era tanto combatir el Bergsonismo como terminar de una vez por todas la ilusión modernista ante la que los jóvenes católicos estaban entonces indefensos y, sobretodo, alzar ante sus mentes las enseñanzas de Santo Tomás en toda su amplitud, su lógica exacta y su poder viviente. Esas conferencias de 1913 fueron el primer manifiesto del renacimiento Tomista en Francia. La renovación de los estudios tomistas había comenzado mucho antes, gracias a León XIII y al Cardenal Mercier. Trabajos de incomparable valor, escritos principalmente por teólogos, habían sido dedicados al Doctor Angélico. Pero ahora, Santo Tomás estaba saliendo del círculo de las controversias eclesiásticas. Por primera vez, el pensamiento tomista reclamaba sus derechos en la vida y la cultura profana, incorporándose a la lista de las filosofías contemporáneas, entrando en competencia con ellas en su propio terreno, tan joven e incluso más vivo que las doctrinas del momento.

Entonces, eso constituia una gran novedad, aunque Jacques no se preocupaba tanto de las opiniones ni de los resultados inmediatos; él pensaba con ansiedad en el futuro del espíritu, sabiendo que la sabiduría tan pura de Santo Tomás estaba expuesta a ser descartada de partida. Él deseaba servirla incluso, de ser necesario, con un afán absoluto a la manera desesperada; pensaba que, tal vez, más de alguna mente podría llegar a interesarse en ella, y que su trabajo, en un comienzo hundido bajo tierra, prepararía las germinaciones destinadas a florecer largo tiempo después. Florecieron mucho antes de lo que pensaba: pero él mismo sólo esperaba contradicción – algo que nunca le faltó.

Quisiera hablar ahora de las circunstancias históricas en las que, con estas conferencias, tuvo lugar el quiebre de Jacques con el Bergsonismo.

No solamente el redescubrimiento de la inteligencia y la razón metefísicas, alcanzado a la luz de la fe y de las enseñanzas de Santo Tomás, lo opusieron al Bergsonismo como sistema y a la crítica bergsoniana del intelecto, sino que vió, además, un Bergsonismo barato – del que ciertamente Bergson mismo estaba lejos de ser responsable – extenderse entre la gente joven, especialmente entre muchos sacerdotes jóvenes, alimentando un modernismo teológico con los temas anti-intelectuales más vulgares, en los que un sentimentalismo sin propósito se hacía pasar por “intuición”, y en que un pragmatismo confuso y una pasión infantil para conformarse a los tiempos estaban destruyendo en las almas el sentido de la verdad, el sentido de la santidad de la verdad.

Así, Jacques se vio inducido a considerar la influencia de la nueva filosofía como un peligro mortal para el intelecto. Pensando y viendo esto, su tarea fue no prescindir de nada ni de nadie. Pero cuando uno ha decisido no prescindir de nada, sucede también que no prescinde de las palabras. Semejante incidente fue inevitable al comienzo, aunque sin mayor importancia.

Con lo que llamaba "gran ingenuidad", aunque de acuerdo a las tendencias enraizadas en lo más profundo de su propia naturaleza, Jacques hizo de sí mismo un Caballero de la Verdad – una Dama no menos pobre que la Pobreza tan querida a San Francisco, y que también exige, si se desea servirla, que se debe saber como darse uno mismo junto a todo lo que le pertenece. Jacques se reprocha a veces por esta actitud presuntuosa, sabiendo muy bien que los sentimientos a los que corresponde han sido requeridos de él, y, al mismo tiempo, dados y ordenados – que es la manera de obrar de Dios.

El primer libro de Jacques y los comienzos de su trabajo futuro

Hacia fines de 1913, en octubre, si no me equivoco, apareció el primer libro de Jacques: ‘La Filosofía Bergsoniana: Estudios críticos’, compuesto con las conferencias de abril y mayo de ese mismo año, el artículo ‘El Evolucionismo Bergsoniano’ y el artículo ‘Los Dos Bergsonismos’. Pero sobre todo esto era necesario ir cuidadoramente, restableciendo la crítica al sistema de Bergson así como la exposición de la doctrina de Santo Tomás. En esto, como en la preparación de las conferencias de Jacques, siempre estuve vivamente interesada; y como yo estaba todavía bajo la influencia de Bergson, me retiraba al pequeño ático del departamento de Rue de l'Orangerie, donde meditaba procurando encontrar analogías todavía ocultas bajo la apariencia del sistema. Estábamos tan unidos en este trabajo que Jacques siempre quiso considerar este libro como el primer libro de los dos. Tal vez por ambos, ¡pero cuan desigual eran las dos partes! Más adelante, se lamentó del tono de esta primera edición; yo en cambio, menos enredada que él en lo espinoso de la controversia, creo poder apreciar mejor el valor permanente del libro. En él, los temas fundamentales de la filosofía tomista están presentados con gran claridad en su contraste con las formulaciones de la filosofía Bergsoniana, y – esto es lo que primera y esencialmente importa en los combates de nuestros días – los principios expuestos restablecen, en oposición al irracionalismo, la naturaleza e importancia del intelecto. El prefacio de Jacques a la segunda edición es uno de sus escritos más importantes.

En la primavera de 1914, Jacques dictó un nuevo ciclo de conferencias en el Instituto Católico sobre ‘El Espíritu de la Filosofía Moderna’; las primeras dos fueron publicadas en la Revue de Philosophie en Junio y Julio; la conclusión en la Revue Thomiste en septiembre-diciembre.

Fue gracias al apoyo del Padre Peillaube, decano de la Facultad de Filosofía, que Jacques fue invitado en 1913 y 1914 a dar las series de conferencias referidas en el Instituto Católico de París, y, finalmente, el haber sido, en Junio de 1914, designado profesor en la Facultad de Filosofía de esa Universidad. Hubo una fuerte oposición; el rector, Monseñor Baudrillart, los amigos de Abbé Piat, para quien la creación de la nueva facultad dejaba sin efecto los cursos de filosofía que dictaba bajo la facultad de letras, y los partidarios de la prudencia y el apaciguamiento – todos temerosos de un recién llegado que desconocía el arte del compromiso y cuyas amables y tímidas maneras escondían una inflexibilidad absoluta y un medievalismo de no sé qué dinamismo revolucionario. Fue necesaria la intervención del Cardenal Lorenzelli, Prefecto de la Congregación de Estudios en Roma, para asegurar la aprobación del nombramiento. Él escribió una carta en la que insiste que la cátedra de Historia de la Filosofía Moderna fuese dada a Jacques Maritain, contando con que él no enseñaría esta historia como un mero tema de erudición con idéntica obligación (o indiferencia) respecto de todas la opiniones, sino como una disciplina en sí misma filosófica, y como un instrumento de exposición doctrinal y de discernimiento crítico.

Para Jacques fue una muy grata sorpresa llegar a ser profesor de altos estudios después de haber renunciado, por razones de su propia independencia, a serlo en las universidades estatales. Con la misma intransigencia con que había abandonado la preparación de su tesis de doctorado en letras, porque rechazaba la idea de someter su pensamiento al juicio de la Sorbona, reconociendo así la autoridad intelectual de filósofos por los que abrigaba idénticos sentimientos que Peguy, y a quienes consideraba menos filósofos que sirvientes de un idealismo y teología cientista destructores de la razón.

Sin embargo, como el título de doctor era necesario para enseñar como profesor titular en el Instituto Católico de París, recibió su doctorado de las Universidades Romanas en 1917. Estaba encantado de recibir de la Iglesia y no del Estado el birrete de doctor, cuyo simbolismo, tan vívido en los tiempos de Santo Tomás, ha llegado a ser tan manoseado en nuestros días.

Cuando nos vinimos a vivir en la Rue Neuve, nos fue otorgada una muy preciosa gracia: el permiso de celebrar misa en nuestro hogar. Debemos este favor al Padre Thomas Pégues, autor de un Comentario y excelente traducción de la Suma Teológica. Aunque sin gran originalidad el Comentario es bastante util para los principantes en filosofía escolástica que leen a Santo Tomás por primera vez. Yo misma lo usé conservando una profunda gratitud hacia el Padre Pégues, quien, sabiendo eso, elevó aun más alto nuestra deuda hacia él, solicitando para nosotros el permiso para una capilla privada.

Entre 1914 y 1917 Jacques se presentó a numerosas oficinas de reclutamiento antes de ser declarado “apto para el servicio” el 30 de Abril de 1917. Llamado a servir poco depués, fue enrolado en un regimiento de artillería estacionado en Versailles, donde luego de su primer examen médico fue mantenido en observación por dos semanas bajo prohibición de ejercicios y labores militares. Se le asignó un viejo y parchado uniforme y, la primera vez que dejó su barraca, un trabajador que se cruzó con él en el bosque de Satory, se compadeció exclamando: “¡Qué gobierno podrido el que viste así a un hombre!” Después de la diana y del café de madrugada, las órdenes para él eran no hacer nada, de manera que tenía que resignarse a sentarse en su catre y, papel en mano, escribir sus primeras notas de un libro sobre Descartes. Poco tiempo después fue dado de baja y regresó a casa, recuperando su vocación de filósofo y reasumiendo sus clases en el Instituto Católico de París.

En 1914-15 dictó una serie de conferencias en las que se esforzó en mostrar las principales características de la filosofía alemana desde Lutero hasta nuestros días. Ésta fue una acción de combate, una especie de contribución intelectual a la guerra contra un agresor que había comenzado por separarse espiritualmente de la comunidad de naciones occidentales, y cuya metafísica pan-alemana había pavimentado finalmente el camino para una política de dominación y conquista militar.

Durante los años de guerra, Jacques realizó un trabajo doble a fin de ser de la mayor utilidad. Las instituciones de enseñanza estaban cortas de profesores y tenían que ser ayudadas a cumplir su misión. En 1915-16, mientras continuaba con sus cursos en el Instituto Católico, Jacques volvió a enseñar en el Colegio Stanislas y, en 1916-17, en el Seminario preparatorio de Versailles.

He hablado aquí de los comienzos de las labores filosóficas de Jacques. Las potencialidades de su trabajo futuro estaban todas allí. Sin embargo, en orden a que tomasen forma y se hiciesen explícitas eran necesarios mucho tiempo y muchas experiencias y sufrimientos. El períodos a que me he referido no fue más que un prefacio; fue sólo después de la guerra que su trabajo se desarrolló. Jacques me ha dicho a menudo que su tarea era abrir caminos; pero varias de esas sendas las recorrió él mismo hasta fin. Se lamentaba a veces de no haber podido proceder de un modo más sistemático a la exposición de su pensamiento, asegurando para sí una vida tranquila, en la que, en orden a un mejor filosofar, tendría que ignorar la vida – con lo que terminaba burlándose de sí mismo.

Jacques siempre ha estado en la lucha, y, en ella, el tiempo de la meditación ha sido un don. Ha escrito sus libros en la urgencia del momento, urgencia de la que siempre ha estado terriblemente consciente. La irrupción de la fe en su alma desvaneció todos sus planes de un trabajo metódico; la fe y el aguijón de Dios le impidieron una vida apasible en la que el trabajo placentero sería la consideración primera.

Pero eso, junto a la disposición de sí mismo, bajo la condición de permanecer leal a la exactitud intelectual, como siempre ha sido, es probablemente la condición de una libertad interior que enriquese una filosofía viviente abierta a las ansiedades de la conciencia humana. “¡Hay de mi si no tomistizara!” La vocación de Jacques no sería otra que traer a la luz las fuerzas vitales del Tomismo, llevar la luz de esa gran doctrina a todos los problemas de nuestros tiempos, ampliar sus fronteras, manteniendo de la manera más estricta y rigurosa sus principios, para reinsertarla en la realidad existencial del movimiento de la cultura y la filosofía.

Desde el comienzo él ha filosofado en la fe y la teología y, no obstante, desde el comienzo el trabajo que ha desarrollado no ha sido teológico sino propia y deliveradamente filosófico. Con el tiempo, esta paradoja ha sido explicada y las peculiares características de su trabajo han tomado forma. ¡Pero a qué precio de sacudidas y golpes!... y de una labor ininterrumpida de treinta años.

En la época en que Jacques publicó su primer artículo y su primer libro, el ardor del combate intelectual y del “apostolado” Tomista cubría todo lo demás. Era como un hombre de la Iglesia y con las armas de la Iglesia militante que este laico se enfrentaba al público de las universidades. Bossuet reprochaba a Descartes su gran temor de la Iglesia; Jacques no tenía miedo de ella, él la amaba entregándose a ella con absoluta confianza. Sin embargo, desde el comienzo, su trabajo ha sido el trabajo de un laico, confirmándose más y más como tal. Mientras más ha vivido, más profundo ha llegado a ser su amor por la Iglesia y su conciencia de pertenecer al Cuerpo Místico de Cristo. Y al mismo tiempo, se ha hecho más grande su libertad y ha entendido mejor su vocación como filósofo comprometido en el drama del mundo profano y de la civilización temporal.

Se ha convencido cada vez más que la filosofía de Santo Tomás, con su incomparable y poderosa estructura, ha permanecido por siglos enfrascada en las formas de la teología, sin expandirse por sí misma, según su esencia; y que ha llegado el tiempo de que tome su propia forma, su organización interna y su desarrollo autónomo como filosofía. Él se ha embarcado en esa tarea, que será, según cree, la gran tarea de los filósofos del futuro, si el futuro no se traiciona a sí mismo y si los obreros no faltan.

Durante el tiempo considerado en este libro, y por varios años más, Jacques, como he dicho, se ha preocupado solamente de la metafísica y de las ideas puras; ha pasado entre los hombres sin brindarles mucha atención, ensimismado sólo en los objetos inteligibles. Para sacar al lector de su apatía, él gustaba irritarlo y desconcertarlo. Una ironía no siempre bien entendida, que corre a lo largo de sus estudios más abstrusos, que él no aclararía ni por todo el mundo, por respeto a la dignidad de la reina de las ciencias.

En cuanto a los hombres cuyas ideas critica, cirtamente los respeta en lo personal, pero para él no eran mucho más que vehículos de doctrinas abstractas, que en sí mismas eran lo único que valía la pena ser examinado por el espíritu. Aquí, una vez más, y poco a poco, gracias al arte y a la poesía y, más adelante, debido a los problemas sociales y éticos y sobretodo a la experiencia de la vida interior, el filósofo y su filosofía se humanizarían para entrar en la espesura de los asuntos humanos y proclamar la necesidad de un humanismo integral

* Traducido del inglés por H.I.