Lo que más llama la atención en la fisonomía de Lutero, es el egocentrismo: algo mucho más sutil, más profundo y más grave que el egoísmo; el egoísmo metafísico. El yo de Lutero se convierte prácticamente en el centro de gravedad de todas las cosas, primariamente en el orden espiritual: y el yo de Lutero no está constituido solamente por sus querellas y pasiones de un día; adquiere un valor representativo, es el yo de la criatura, el fondo incomunicable del individuo humano. La Reforma priva de todo freno al yo humano en el orden espiritual y religioso, de igual modo que el Renacimiento (me refiero al espíritu secreto que atormentaba al Renacimiento) privó de freno al yo humano en el orden de las actividades naturales y sensibles.
Después que Lutero se determinó a negar obediencia al Papa y a romper con la comunión de la Iglesia, su yo, a pesar de las angustias internas que aumentaron progresivamente hasta su muerte, estará desde entonces por encima de todo. Toda regla "exterior", toda "heteronomía", como dirá Kant, se convierte desde aquel momento en una ofensa intolerable para su "libertad cristiana".
"No admito – escribe en junio de 1522 – que mi doctrina pueda ser juzgada por nadie, ni siquiera por los ángeles. Quien no reciba mi doctrina no puede llegar a salvarse". [1]
Presenciamos así en la persona de Lutero y en su doctrina – en el orden mismo del espíritu y de la vida religiosa –, el advenimiento del yo. (Claro está que sólo nos referimos aquí al principio espiritual del individualismo moderno. Si en otros órdenes - social, intelectual, estético -, el individualismo moderno había hecho ya su aparición mucho antes de la Reforma, si por otra parte la revolución luterana por su carácter comunitario y nacional, y por el aparato cesáreo eclesiástico, de resultados poco duraderos, tuvo como efecto primario cierto retroceso del individualismo en el plano de las instituciones visibles, todo ello constituye una cuestión completamente diversa y no modifica para nada nuestras conclusiones).
El caso de Lutero, ¿no nos muestra en lo real uno de los problemas contra los cuales se debate en vano el hombre moderno? Me refiero al problema del individualismo y de la personalidad. Contemplemos a aquel kantiano entusiasta de su autonomía, a aquel protestante atormentado por la preocupación de su libertad, a aquel discípulo de Nietzsche que hace piruetas para saltar sobre el bien y el mal, a aquel freudiano que cultiva sus complejos y sublima su libido, a aquel mundo para el próximo congreso de filosofía, a aquel héroe surrealista que se hunde en el abismo de la imaginación, a aquel discípulo de Gide que se contempla con doloroso fervor en el espejo de su gratuidad; a todo ese pobre mundo en busca de su personalidad; y contrariamente a la promesa del Evangelio, golpean y nadie les abre; buscan y no encuentran.
Ved con qué solemnidad religiosa el mundo moderno ha proclamado los derechos sagrados del individuo y a qué precio ha pagado esta proclamación. No obstante ¿ha sido alguna vez el individuo tan completamente dominado, tan fácilmente moldeado por las grandes potencias anónimas del Estado, del Dinero, de la Opinión? ¿Qué misterio es éste?
Ningún misterio. El mundo moderno confunde sencillamente dos cosas que la sabiduría antigua había ya distinguido: confunde individualidad y personalidad.
¿Qué nos dice a este respecto la filosofía cristiana? Nos dice que la persona es "una sustancia individual completa, de naturaleza intelectual y señora de sus acciones", autónoma, en el sentido auténtico de este vocablo. Por lo cual el nombre de persona se reserva a las sustancias que poseen ese algo divino que es el espíritu, y que por lo mismo constituyen, cada una por separado, un mundo superior a todo el orden corpóreo, un mundo espiritual y moral que, hablando con propiedad, no es una parte de este universo, y cuyo secreto es inviolable aun a la mirada natural de los ángeles; el nombre de persona queda reservado a las sustancias que, en la búsqueda de su fin, son capaces de determinarse por sí mismas, elegir los medios e introducir en el universo por el ejercicio de su libertad, nuevas series de sucesos. Y lo que constituye la dignidad y personalidad de las mismas, es propia y precisamente la subsistencia del alma espiritual e inmortal y su independencia dominadora frente a toda imaginería fugaz, y a todo el tinglado de los fenómenos sensibles. Pues como enseña Santo Tomás, el nombre de persona designa la más noble y elevada de las cosas que existan en la naturaleza entera: "La persona es lo más noble y lo más perfecto en toda la naturaleza". [2].
El nombre de individuo, por el contrario, es común al hombre y a la bestia, a la planta, al microbio y al átomo. Y mientras que la personalidad se funda en la subsistencia del alma humana (subsistencia independiente del cuerpo, y comunicada al cuerpo, el cual es sostenido en el ser por la subsistencia misma del alma), la filosofía tomista nos dice que la individualidad como tal se funda en las exigencias propias de la materia, la cual es el principio de individuación porque es principio de división, ya que exige espacio y cantidad, por los cuales lo que está en este lugar se diferencie de lo que está en aquel otro. De suerte que en cuanto individuos somos un fragmento de materia, una partícula de este universo, distinta, sin duda, pero siempre una parte, un punto de esta inmensa red de fuerzas y de influencias físicas y cósmicas, vegetativas y animales, étnicas, atávicas, hereditarias, económicas e históricas, a cuyas leyes estamos sometidos. En cuanto individuos, estamos sujetos a los astros. En cuanto personas, los dominamos.
¿Qué es el individualismo moderno? Un mal entendido: la exaltación de la individualidad disfrazada bajo las apariencias de la personalidad, y el envilecimiento correlativo de la verdadera personalidad.
En el orden social, la ciudad moderna sacrifica la persona al individuo; concede al individuo el sufragio universal, la igualdad de derechos, la libertad de opinión; y entrega la persona, aislada, despojada, sin ninguna armadura social que la sostenga y la proteja, a todas las potencias devoradoras que amenazan la vida del alma, a las acciones y reacciones despiadadas de los intereses y de los apetitos en pugna, a las exigencias ilimitadas de la materia de fabricar y utilizar. A todas las avideces y a todas las llagas que cada hombre lleva naturalmente en sí, añade excitaciones sensuales incesantes y el interminable alud de toda clase de errores deslumbrados y sutiles a los cuales otorga libre circulación en el cielo de la inteligencia. Y dice a los pobres hijos de los hombres desde el centro de este torbellino: "eres un individuo libre, defiéndete, sálvate solo". Es una civilización homicida.
Si por otra parte el Estado ha de construirse con este conglomerado de individuos, entonces, lógicamente, no siendo el individuo, como ya he dicho, sino una parte, será completamente anexado al todo social, no existirá más que para la ciudad y se verá que naturalmente el individualismo va a parar al despotismo monárquico de un Hobbes, al despotismo democrático de un Rousseau, o al despotismo del Estado-Providencia y del Estado-Dios de un Hegel. Por el contrario según los principios de Santo Tomás, por el hecho de ser el hombre un individuo en la especie, necesitado del socorro de sus semejantes para perfeccionar su actividad específica, el individuo es en la ciudad, una parte del cuerpo social. Y en este concepto está ordenado al bien de la ciudad como al bien del todo, al bien común, que es el más divino como tal.
Pero si se trata del destino que le compete como persona, la relación es inversa y la ciudad humana se ordena a la realización de este destino. Toda persona humana está ordenada directamente a Dios, como a su último fin propio, "Bien común separado" del universo entero [3]; según esto, nada se ha de anteponer a Dios conforme al orden de la caridad. [4]
Ahora bien, la personalidad en cuanto se realiza en un ser, hace de él (sean cuales fueren sus vínculos) un todo independiente, no una parte. Y así cada persona individual, considerada como individuo parte de la ciudad, es para la ciudad y ha de sacrificar su vida por ella si las circunstancias así lo exigen. Pero tomada como persona destinada a Dios, la ciudad es para ella, por el acercamiento a la vida moral y espiritual y a los bienes divinos, que es el fin mismo de la personalidad; y la ciudad sólo obtiene su bien común mediante este orden. Por lo cual el cristianismo sostiene y refuerza la armadura moral y la jerarquía de la ciudad, pero no denuncia el estado de servidumbre como contrario en sí al derecho natural. Antes bien llama tanto al siervo como al señor al mismo destino sobrenatural y a la misma comunión de los santos, convierte a toda alma en estado de gracia en residencia del Dios vivo. Y nos enseña que las leyes injustas no son leyes y que es menester desobedecer el mandato del Príncipe cuando contraría al orden de Dios. Fundamenta el derecho y las relaciones jurídicas no en la libre voluntad de los individuos sino en la justicia hacia las personas. Digamos pues que la ciudad cristiana es tan radicalmente antiindividualista como radicalmente personalista.
Esta distinción entre individuo y persona, aplicada a las relaciones del hombre y de la ciudad, contiene, en el dominio de los principios metafísicos, la solución de innumerables problemas sociales. Por un parte – y esto explica el constitutivo de la vida política –, si el bien común de la ciudad difiere completamente del simple conjunto de ventajas propias a cada individuo [5], es también algo muy distinto del bien propio del todo tomado separadamente; viene a ser bien común al todo y a las partes, y debe en consecuencia comportar una redistribución a éstas, consideradas no ya puramente como partes, sino como personas. Por otra parte – y esto concierne al fin de la vida política –, si la perfección terrena y temporal del animal racional halla su realización en la ciudad, la cual en sí es mejor que el individuo, la ciudad por su misma esencia está obligada a asegurar a sus miembros las condiciones de una recta vida moral, de una vida propiamente humana y a no perseguir el bien temporal que es su objeto inmediato sino respetando la subordinación esencial de éste al bien espiritual y eterno, al cual toda persona humana está ordenada [6]; y pues por la gracia del Creador, este bien espiritual y eterno no es el simple fin de la religión natural, sino un fin esencialmente sobrenatural – la participación por la visión de la alegría divina –, la ciudad humana falta a la justicia, peca contra sí y contra sus miembros, si, después de habérsele propuesto la verdad en grado suficiente, rehusa reconocer a Aquel que es el camino de la bienaventuranza.
La distinción de individualidad y personalidad no es menos necesaria en el orden espiritual. El Padre Garrigou-Lagrange nos ha mostrado su alcance en admirables páginas:
"El hombre no será plenamente una persona, un per se subsistens y un per se operans, sino en cuanto la vida de la razón y de la libertad domine en él sobre los sentidos y las pasiones; sin esto, seguirá siendo, como el animal, un simple individuo esclavo de los acontecimientos, de las circunstancias, siempre a remolque de cualquier eventualidad, incapaz de dirigirse por sí mismo; será tan sólo una parte, sin poder pretender llegar a ser un todo.” [7].
Así, si intentando hallar nuestra alma, tomamos nuestro yo por centro, nuestra sustancia se disipará y quedaremos sometidos a las fuerzas ciegas del universo.
La historia de Lutero, como la de Juan Jacobo Rousseau, constituye una excelente ilustración de esta doctrina. Lejos de liberar la personalidad humana, la desvió. Sólo liberó al individuo material, es decir, al hombre animal. Lutero es, pues, el prototipo del individualismo moderno.
NOTAS
[1] Weim, Tischreden, X, P. n, 107, 8-11.
[2] Sum. Theol. I, 29, 3. Cf. el comentario de Cayetano.
[3] Sum. Theol. I-II, 2, 8. Sum. contra Gent. III, 48
[4] Sum. Theol. II-II, 26, 4.
[5] Sum. Theol. II-II, 58, 7, ad 2.
[6] Sum. Theol. II-II, 83, 6; in Ethlc. Nicom. I lect. 1.
[7] Garrigou-Lagrange, El sentido común y la filosofía del Ser, 3a ed. págs. 332-333.