La religión católica y la cultura
1. Igual que la filosofía moderna, el munido moderno tampoco es una creación polémica; es un determinado tipo histórico de civilización, espiritualmente dominado desde su origen por el humanismo del Renacimiento, la Reforma protestante y la Reforma cartesiana. ¿Cómo caracterizarlo desde el punto de vista en que nos hallamos colocados? Hay en él, como en toda civilización, un elemento positivo de tensión ontológica y de vitalidad, que nos parece aquí constituido por un esfuerzo valeroso, infatigable, tendiente a que la naturaleza humana produzca su máximum de rendimiento terrestre. Pero a este elemento positivo, bueno en sí mismo, digno de respeto y de amor, va unida una privación. Digamos pues – ello se ha convertido en un lugar común, pero sigue siendo verdadero –, digamos que la cultura, mientras proseguía su crecimiento natural, se separó en él de lo sagrado para volverse hacia el hombre mismo.
La Edad Media había formado la naturaleza humana según un tipo "sacramental" de civilización, fundado sobre la convicción de que todas las instituciones terrenales, con toda su frescura y su fuerza, están al servicio dé Dios y de las cosas divinas para realizar su reino en este mundo. La Edad Media se obstinó en la realización terrestre de este reino, soñando – sin rigidez, por otra parte, y sin impedir a la vida hacer su obra – soñando con un mundo jerárquicamente unificado, donde así como el Papa en la cumbre de lo espiritual mantiene a la Iglesia en la unidad, el Emperador en la cumbre de lo temporal sostendría en la unidad el cuerpo político de la cristiandad. Sueño del Sacro-Imperio que constituía un ideal, un "mito" estrictamente apropiado a las condiciones culturales de esa época; tal sueño, abolido para siempre, suponía, con un sentido magníficamente audaz de los principios, una gran ignorancia del universo y un imperioso optimismo; su cadáver ha pesado largamente sobre la historia moderna. Tuvo que existir Napoleón, y todo el siglo XIX, para proceder definitivamente a su entierro.
Pero volvamos al mundo moderno. La cultura tal como es concebida por él se propone fines puramente terrestres que ahora se bastan a sí mismos, que ya no sobrepasan la elevación de su propio orden por su ordenación al reino de Dios; para emplear una palabra que ha sido muy usada en los últimos tiempos, es un tipo de cultura antropocéntrica. No olvidemos que en virtud de una ley natural de crecimiento y por el efecto del fermento evangélico depositado en la humanidad, un cierto progreso se lleva a cabo en el seno de esa civilización, progreso que puede ser llamado material pero dando a ese término su más amplia acepción filosófica, pues no es solamente en el orden de los medios científicos e industriales para explotar la naturaleza que la estructura de la cultura ha progresado, sino también en el orden de los medios y las técnicas intelectuales, artísticas y espirituales; y hasta el nivel ha subido, no digo en la vida moral ni en el ideal moral, pero en las nociones y sentimientos que forman como el condicionamiento estático de la vida moral: estructura frágil, lo sé; pero al menos la idea de la esclavitud o de la tortura, o de la restricción impuesta a las conciencias por medios militaristas, y cierto número de ideas parecidas, repugnan hoy espontáneamente, según parece, a mayor número de individuos que antes; en todo caso la reprobación de esas ideas ha alcanzado el rango de lugar común oficial, y esto ya es algo.
En definitiva parece que, al replegarse sobre sí mismo, el hombre ha sufrido como a pesar suyo el movimiento de introversión propio del espíritu; ha entrado dentro de sí mismo; y no para buscar a Dios. Un progreso general de la toma de conciencia de si mismo ha caracterizado así a la era moderna. Mientras el mundo se desviaba de la espiritualidad por excelencia y de este amor que es nuestro verdadero fin, para ir hacia los bienes exteriores y la explotación de la naturaleza sensible, el universo de la inmanencia se abría, a veces mediante puertas bajas; un profundizar subjetivo descubría a la ciencia, al arte, a la poesía, a las pasiones mismas del hombre y a sus vicios, su espiritualidad propia, la exigencia de la libertad se volvía tanto más aguda cuanto nos apartábamos cada vez más de las verdaderas condiciones y de la verdadera noción de la libertad. En una palabra, en virtud de la ambivalencia de la historia, la edad refleja, con todas las disminuciones y las pérdidas que implica esta palabra, comportaba por otra parte un enriquecimiento incontestable, y que debe ser considerado como una ventaja adquirida, en el conocimiento de la criaturay de las cosas humanas, aun cuando este conocimiento tenía que desembocar sobre el infierno interior del hombre apresado por sí mismo. Este camino tenebroso no carece de salida, y los frutos recogidos al atravesarlo han sido incorporados a nuestra sustancia.
En todo lo que acabamos de indicar sumariamente, es en lo que pensábamos al hablar del progreso material que se desarrolla en la civilización moderna, y del esfuerzo que en ella se cumple para hacer dar a la naturaleza humana su máximo rendimiento terrestre. ¿Hay que añadir, y esto explica ciertos aspectos del mundo moderno, que muchas cosas que debieron ser hechas (y a cualquier precio, puesto que la voluntad del Señor de la historia no soporta impedimentos), muchas cosas que debían hacer los católicos han sido hechas por otros, y contra éstos, cuando ellos desfallecieron? Las herejías también y los cismas, las guerras y las destrucciones y el demonio mismo, están bajo el dominio universal del gobierno divino, trabajan sin quererlo en una trama que Dios ve, estimulan la historia y hacen adelantar su obra. Su imperio delimita exactamente la extensión de nuestras carencias.
Joseph de Maistre juzgaba que la Revolución francesa era satánica. Era un pensador demasiado profundo para sacar de ello la conclusión que había que emplearse en borrar pura y simplemente la Revolución francesa del gran libro de la historia. ¡Qué locura! Es bajo la voluntad y el permiso de Dios que este libro se escribe; Satanás puede, en ciertos momentos sostener la pluma; entonces es una cobardía no ver y no llamar por su nombre el mal que se hace para siempre; pero es una tontería no comprender también que entre todas las deformaciones posibles la línea del ser continúa, el texto divino es todavía legible para los ángeles, determinado bien, grande o pequeño, ha sido ganado (por mínimo que sea, no importa, Dios lo ha querido). Sabemos que el trigo y la cizaña crecen juntos y no serán separadas hasta el último día. Hasta nos ha sido recomendado no arrancar la una por no arriesgar arrancar el otro al mismo tiempo, lo que demuestra que el discernimiento excede nuestras fuerzas; me refiero al discernimiento del valor de utilidad de los acontecimientos o de los hombres para las granjas divinas, y en relación al bien común de la creación, es decir con relación a un término final que nos es desconocido. Los obispos del tiempo de la Restauración creían trabajar por el Señor apoyando el altar a un trono apolillado, preparando, sin saberlo, malentendidos por los cuales Europa creyó morir. Es otro el discernimiento que la inteligencia exige de nosotros, el del valor de verdad o de falsedad, de bondad o de malicia, que todas las cosas de acá abajo tienen con relación a leyes intemporales, las cuales, éstas sí, nos son conocidas; y debemos esforzarnos en aligerar, desde este punto de vista, la significación de las dominantes espirituales de nuestra historia.
2. Decíamos pues que la cultura moderna, cualquiera sea su vocación histórica positiva, sean cuales fueren los progresos que se efectúan en ella tal como he tratado de indicarlo, tiene por dominante espiritual el ser una cultura antropocéntrica: humanismo separado de la Encarnación.
En la concepción que los tiempos modernos se han hecho y se hacen de la cultura, podemos ahora distinguir tres grados o tres momentos: en un primer momento, en el cual la civilización prodiga los más bellos frutos, olvidada de las raíces de donde sube la savia, se piensa que ella debe instaurar por la sola virtud de la razón determinado orden humano, que es concebido aún según el estilo cristiano heredado de las edades precedentes; estilo que se vuelve reprimido, y comienza a descomponerse. Podemos llamar a este momento el momento clásico de nuestra cultura, el momento del naturalismo cristiano.
En un segundo momento puede percibirse que una cultura que se mantiene separada de las supremas medidas sobrenaturales, necesariamente debe tomar partido contra ellas; se le pide entonces que instaure un orden que se reconocerá como fundado sobre la naturaleza; que deberá libertar al hombre, y asegurar al espíritu de riqueza la posesión tranquila de la tierra: es el momento del optimismo racionalista, el momento burgués de nuestra cultura. Empezamos a salir de él.
Un tercer momento es el momento del pesimismo materialista, el momento revolucionario, en que el hombre, situando decididamente su último fin en si mismo, y no pudiendo ya soportar la máquina de este mundo, inicia, como lo vemos en nuestros días en Rusia, un combate deliberado contra la ley natural y contra su autor; emprende la tarea de hacer surgir de un ateísmo radical una humanidad completamente nueva.
Estos tres momentos tienen una continuidad, a pesar de violentas oposiciones secundarias; esquematizando mucho las cosas, puede decirse que ellos se han sucedido cronológicamente; pero coexisten también, mezclados los unos a los otros en distintos grados. Todas estas concepciones desconocen la naturaleza humana y conducen finalmente a reivindicar para ella los privilegios del puro espíritu, sin embargo siempre en la carne misma y por la exasperación de una potencia toda material. Falsa liberación, usura y dispersión de la substancia humana en la multiplicación sin fin de las necesidades y de la tristeza. Dominio sobre la generación no por la castidad sino por la violación de las finalidades naturales; dominio sobre la raza por la esterilización eugenésica de los individuos tarados, dominio sobre sí mismo por la abolición de los lazos familiares y de la preocupación de la descendencia; dominio sobre la vida por el suicidio y la eutanasia. Es digno de ser notado que determinada idea del dominio del hombre sobre la naturaleza se salda, con una uniformidad impresionante, por un mismo y único resultado: la detención de la vida.
A la concepción "antropocéntrica" de la cultura se opone la concepción cristiana como una concepción verdaderamente humana y humanista: pienso, al emplear esta palabra, en el único humanismo que no desmiente su etimología, en aquél del cual un Tomás de Aquino nos propone un ejemplo: humanismo purificado por la sangre de Cristo, humanismo de la Encarnación. Tal humanismo, respetando las jerarquías esenciales, coloca la vida contemplativa por encima de la vida activa, sabe que la vida contemplativa tiende más directamente el amor del primer Principio, en lo cual consiste la perfección. Esto no supone que la vida activa sea sacrificada, sino que debe tender al tipo que ella realiza en los perfectos, es decir una actividad que desborda, toda ella, de la superabundancia de la contemplación. Pero, si colocamos la contemplación de los santos en la cima de la vida humana, ¿no será necesario decir entonces que todas las operaciones de los hombres, y la civilización misma, se ordenan a ella como a su finalidad? Parece que es así, dice (no sin alguna ironía tal vez) Santo Tomás de Aquino. Pues, ¿para qué los trabajos serviles y el comercio, sino para que el cuerpo, estando provisto de las cosas necesarias a la vida, esté en el estado requerido por la contemplación? ¿Para qué las virtudes morales y la prudencia, sino para procurar la calma de las pasiones y la paz interior, necesarias a la contemplación? ¿Para qué el gobierno entero de la vida civil sino para asegurar la paz exterior que la contemplación necesita? "De modo que, considerándolas como se debe, todas las funciones de la vida humana parecen estar al servicio de los que contemplan la verdad". (Suma contra Gent., III, 37.)
He aquí una idea de la jerarquía de los valores bastante diferente de la concepción industrialista, completamente vuelta hacia la producción, que el mundo moderno se hace de la civilización. Se ve hasta qué punto la supremacía de lo económico que deriva en sí misma de un régimen fundado sobre la fecundidad del dinero – fecundidad sin límite como todo lo que sale de las condiciones determinadas por la naturaleza –, se ve hasta qué punto la concepción materialista, ya capitalista, ya marxista de la cultura es opuesta al pensamiento del Doctor común de la Iglesia.
¿Acaso significa esto que la concepción cristiana de la cultura no tiene con el mundo contemporáneo sino una relación de incompatibilidad? ¿Y que ella no nos propone otro ideal que el ideal pasado, definitivamente sumergido en la historia de los tiempos medioevales? Es necesario decirlo una vez más: sabemos que el curso del tiempo es irreversible. La sabiduría cristiana no nos propone un regreso a la edad media, sino que nos invita a desplazarnos hacia adelante. Asimismo la civilización de la edad media por grande y bella que haya sido y más bella todavía en los depurados recuerdos de la historia que en la realidad vivida, la civilización de la edad media estuvo muy lejos de realizar plenamente la noción cristiana de la civilización.
Esta noción se opone al mundo moderno, sí, en la medida en que éste es inhumano. En la medida en que a pesar de todo lo que le falta en calidad, el mundo moderno envuelve un verdadero crecimiento de la historia, no, la concepción cristiana de la cultura no le está opuesta. Por el contrario, ella querría salvar en él, y conducir hacia el orden del espíritu, todas las riquezas de vida que él comporta.
Los mismos sufrimientos, los grandes sufrimientos que desgarran el mundo moderno ¿de dónde vienen, sino de todo lo que él implica de inhumanidad? Es decir que él aspira sin saberlo a una civilización tipo cristiano, tal como aquella de la cual nos dan idea los principios de santo Tomás.
3. ¿Cómo no hacer entrar en este debate a uno de los genios responsables de los males que sufrimos; he nombrado a Descartes, nuestro querido enemigo? Sería interesante señalar las repercusiones sobre la cultura, aquí quiero decir sobre todo en la política y la economía, del dualismo cartesiano. Para Descartes, como se sabe, el ser humano está desdoblado en dos substancias completas cada una de ellas, espíritu puro y extensión geométrica. Un ángel conduciendo una máquina.
Trasponed esta concepción al orden de las relaciones políticas y económicas. Esta transposición no fue operada, de ningún modo, por Descartes mismo, me apresuro a decirlo. Pero es al espíritu cartesiano, a quien yo hago responsable de ello.
Se podrá concebir entonces una maquinaria política y económica análoga a la máquina del cuerpo en la filosofía cartesiana, y en la cual no reinarán sino leyes naturales del mismo tipo que las de la mecánica o las de la química. Y a esa maquinaria que existirá y valdrá por sí misma, con sus necesidades propias y puramente materiales, no humanas, podréis, si sois idealistas y si estimáis los valores morales, añadir una superestructura moral, exigencias de justicia y de virtud, que estarán allí como el alma espiritual estaba dentro de la máquina cartesiana. Si os veis inclinados al realismo o al cinismo, contemplaréis esta superestructura como un epifenómeno perfectamente inútil, del mismo modo que La Mettrie, en el siglo XVIII, contemplaba como inútil el alma cartesiana y establecía la teoría del Hombre-Máquina como Descartes había realizado la del animal-máquina.
Sea como fuere, lo importante es que dentro de tal concepción la política y la economía tienen sus fines propios y especificadores que no son fines humanos, que son fines puramente materiales. La política tiene por fin la prosperidad, el poder y el éxito materiales del Estado, y todo lo que puede procurar este fin – hasta una perfidia, hasta una injusticia – es políticamente bueno. Lo económico tiene como fin la adquisición y el crecimiento sin límite de las riquezas, las riquezas materiales como tales. Y todo lo que puede procurar este fin – hasta una injusticia, hasta condiciones de vida opresivas e inhumanas – es económicamente bueno. La justicia, la amistad y todo valor verdaderamente humano, se vuelven extranjeros, a partir de ahí, a la estructura de la vida política y económica como tales, y si la moralidad interviene con sus exigencias propias será entrando en conflicto con la realidad política y económica, con la ciencia política y económica.
Se podrá imaginar un homo economicus cuya única función será acumular bienes materiales. Si se trata de integrarlo con un hombre sometido a las regulaciones morales, con un hombre verdaderamente humano, esta integración permanecerá sin eficiencia, y en realidad el hombre económico, cuyo apetito es insaciable, devorará a su doble moral y a todo el resto y se empleará en triturar, a la manera de una máquina sangrienta, la pobre humanidad verdadera que pena en los subsuelos de la historia.
Esta especie de fisicismo político y económico ha envenenado positivamente la cultura moral. Existe contra él una concepción propiamente humana que la tradición de la philosophia perennis puede volver a enseñarnos. Para esta concepción, que santo Tomás no inventó ciertamente, que es la de todos los seres superiores de la antigüedad, aún de la pagana, pero de la cual santo Tomás formuló claramente los principios a continuación de Aristóteles, la política y la economía no son ciencias físicas sino parte de la ética, de la ciencia de los actos humanos. Por inmensa que sea en ellas la parte de las condiciones determinadas por la naturaleza de las cosas materiales y por su juego automático, es sin embargo con relación al uso que nuestra libertad hace y debe hacer de estas condiciones que tal ciencia se define. Su finalidad es el camino recto, la buena vida humana aquí abajo: un régimen de vida digno del hombre y de lo que es principal en el hombre, es decir del espíritu.
Las leyes políticas y económicas no son leyes puramente físicas, como las de la mecánica o de la química; son leyes de la acción humana que las inviste de valores morales. La justicia, la humanidad, el recto amor del prójimo son parte esencial de la estructura misma de la realidad política y económica. Una perfidia no es solamente una cosa prohibida por la moral individual, es una cosa políticamente mala que va a destruir la salud política del cuerpo social. La opresión de los pobres y la riqueza tomada como fin en sí no están solamente prohibidas por la moral individual, sino que son también cosas económicamente malas, que van contra la finalidad misma de lo económico, porque es ésta una finalidad humana.
Santo Tomás enseña que para llevar una vida moral, para desarrollarse en la vida de las virtudes, el hombre tiene necesidad de un cierto mínimo de bienestar y de seguridad material. Esta enseñanza significa que la miseria es socialmente, como León Bloy y Péguy lo vieron tan bien, una especie de infierno; significa también que las condiciones sociales que sitúan al mayor número de hombres en la ocasión próxima de pecar, exigiendo una especie de heroísmo en aquellos que quieren practicar la ley de Dios, son condiciones que en estricta justicia se tiene el deber de denunciar sin demora, y de esforzarse en cambiarlas. Actualmente el mundo parece apresado entre dos formas opuestas de barbarie. Ignoramos si podrá salir de ellas. Con todo no hay que olvidar que si la concepción cristiana no ha sido desde hace muchos siglos la dominante espiritual de la civilización, ha seguido siendo vivaz; ha sido reprimida, no abolida; que ésta concepción llegue a dominar la cultura, sigue siendo posible hoy en día; que ésta posibilidad se realice o no es secreto de Dios. Se desprende de ello que debemos luchar de todo corazón por esa realización, no ya, sin duda, según el ideal medieval del Sacro Imperio, sino según un ideal nuevo y mucho menos unitario, en el cual una acción sólo moral y espiritual de la Iglesia presidiría el orden temporal de una multitud de pueblos políticamente y culturalmente heterogéneos, y cuyas diversidades religiosas no podrán desaparecer rápidamente. Si los hechos no llegan a responder a esta aspiración, si por ahora la obra de cristiandad debe desarrollarse en el seno de lo que las Escrituras llaman el misterio de iniquidad, como ese misterio se desarrollaba antes en el seno de la obra de cristiandad, por lo menos podemos esperar que en el mundo nuevo surgirá una cultura auténticamente cristiana –no ya agrupada y reunida, como en la edad media, en un cuerpo de civilización homogénea que ocupaba una pequeña porción privilegiada de la tierra habitada, sino extendida sobre toda la superficie del globo como una red viviente de los focos de vida cristiana diseminada entre las naciones en la gran unidad supracultural de la Iglesia. En lugar de una fortificación levantada en el centro de las tierras, pensemos más bien en el ejército de las estrellas lanzadas sobre el cielo.
4. Las distintas observaciones que acabamos de proponer permiten ver claramente, me parece, en virtud de qué necesidad, de qué exigencia primera de la vida del mundo, el cristianismo debe penetrar hasta su fondo y vivificar la cultura, y los cristianos deben formarse, para tratar de hacerlas pasar a la realidad de la historia, justas nociones culturales, filosóficas y sociales, políticas, económicas, artísticas. El soberano desprendimiento del cual se glorían las iglesias separadas de Oriente, la negativa a poner mano en las pobres tareas de aquí abajo, el vértigo demasiado humano de humildad y de libertad espirituales que levantaba a Dostoievsky contra la cordura de Roma, disimulan un abandono de la vocación impuesta a los bautizados por las supremas leyes de la Encarnación redentora. Se pasa sobre el camino de Jerusalén a Jericó, los ojos elevados al cielo, se llora de piedad sobre la naturaleza herida: y no se osa poner sobre su carne enferma los ungüentos de la justicia; se respeta tanto su mal que se ve como seducción del espíritu del mundo el esfuerzo hecho para remediarlo tratando de someter las cosas terrestres y sociales al orden del Evangelio y de la razón.
Por nuestra parte, nosotros los católicos, tenemos también que rescatar mucho tiempo deplorablemente perdido. Cuántas cosas, por ejemplo, serían diferentes si, hace poco más de sesenta años, hubiese sido un discípulo de santo Tomás quien escribiera sobre el Capital un libro tan decisivo como el de Marx pero fundado sobre principios verdaderos. Nuestros principios duermen, y el error vive, activo y audaz. Hemos hablado antes de la terrible desatención del mundo católico a las advertencias de León XIII en materia social. En conjunto, y pese al esfuerzo de algunos, que han salvado el honor, la carencia de este mundo, en el último siglo, ante problemas que interesaban directamente la dignidad de la persona humana y la justicia cristiana, es uno de los fenómenos afligentes de la historia moderna.
Que la religión de Cristo haya de penetrar la cultura hasta su fondo, no es solamente requerido desde el punto de vista de la salvación de las almas y con relación a su fin último: una civilización cristiana aparece en este sentido como una cosa verdaderamente maternal y santificada, que procura el bien terrestre y el desarrollo de las distintas actividades naturales según una atención diligente hacia los intereses imperecederas y a las aspiraciones más profundas del corazón humano. También desde el punto de vista de los fines especificadores de la civilización misma, es que esta última debe ser cristiana. Pues la razón humana, considerada sin relación alguna con Dios, no basta por sus solas fuerzas naturales para obtener el bien de los hombres y de los pueblos.
De hecho y en las condiciones de la vida presente no le es posible al hombre desarrollar su naturaleza de una manera intrínsecamente y establemente recta sino lo hace bajo el cielo de la gracia. Si está solo, no puede sino errar las difíciles armonías de las virtudes, las difíciles regulaciones racionales, las puras consonancias de justicia y de amistad sin las cuales la cultura se desvía de sus fines más altos. Se aplica a la civilización lo que San Agustín decía de la ciudad: "La ciudad no obtiene su felicidad de otra fuente que del hombre, puesto que la ciudad no es más que una muchedumbre de hombres viviendo en concordia". Y no ha sido dado a los hombres más que un sólo nombre por el cual ellos pueden ser salvados. Por grandes que puedan ser las civilizaciones que ignoran este nombre, ellas declinan inevitablemente, en un sentido o en otro, de la noción completa de civilización y de cultura; el orden o la libertad se vuelven en ellas igualmente crueles. Una civilización, aún auténticamente cristiana, no escapa siempre de muchas taras accidentales. Sólo una civilización cristiana puede estar exenta de desviaciones esenciales.
5. Pero las relaciones de la cultura y de la religión católica comportan, lo hemos dicho, un segundo aspecto. Si el catolicismo debe penetrar la cultura para bien del mundo y para salvación de las almas, esto no quiere decir que esté, en sí mismo, ligado a una cultura o a otra, o siquiera a la cultura en general y a sus diversas formas, sino como un viviente, trascendente e independiente, y vivificador – un poco (pero toda comparación es defectuosa) como un alma espiritual que subsistiera aparte, a la manera de el "intelecto separado" de los averroístas, y que comunicara su vida a distintos vivientes. Forma la civilización, no está formado por ella. Se nutre de los frutos de la tierra, pues habita sobre la tierra, pero no es de la tierra, y tiene un alimento esencial que no es un fruto de aquí abajo. Todos los elementos que toma de las civilizaciones humanas, sus lenguajes litúrgicos y sus lenguajes de predicación, la arquitectura y la ornamentación de sus templos, las materias comunes o preciosas asumidas por su culto, la sabiduría humana asumida por su teología, la flor de las artes, liberales y de la poesía humana asumida por la santidad misma de una Gertrudis o de un Juan de la Cruz, todo esto es tomado por misericordia, por la misma misericordia que decretó la Encarnación. Jesús comía y bebía. en casa de sus amigos de Betania, era recibido en Betania, pero era Betania la que recibía de Jesús. La paz romana y el orden romano no eran una condición impuesta desde aquí abajo a la Encarnación divina, y a la propagación de la Iglesia, eran un medio elegido desde arriba, libremente elegido. Ni necesario ni indispensable en sí, sino por el contrario teniendo únicamente sus méritos por esa libre elección. Así es que la Iglesia le debe en primer lugar las persecuciones y los martirios. Y cuando este orden se creyó necesario al mundo, fue quebrado.
Ya lo hemos notado, y conviene insistir: De un modo más o menos estrecho y servil, según fuera su nivel metafísico más o menos elevado, todas las religiones distintas de la religión católica son partes integrantes de ciertas culturas determinadas, particularizadas junto a ciertos climas étnicos y a ciertas formaciones históricas; sólo la religión católica, porque es sobrenatural, es absolutamente y rigurosamente trascendente, supra-cultural, supra-racial, supra-nacional.
He ahí uno de los signos de origen divino. Es este también uno de los signos de contradicción que ocasionarán hasta el fin de los tiempos la pasión de la Iglesia.
La Iglesia sabe que ninguna civilización, ninguna nación tienen las manos puras. Pero ella sabe también que aunque nacidas lejos de ella y bajo climas espirituales que el error obscurecía, todas las culturas y civilizaciones de la tierra, por más formas aberrantes que puedan comportar, no se sostienen sino por el bien que encierran, y están preñadas de verdades humanas y divinas, y que la Providencia ordinaria de Dios vela sobre todos los pueblos. Por esto es que la gracia puede mantenerlas a todas en su tipo particular enderezando y elevando cada una de ellas.
Del pensamiento católico y de su misión
6. La tarea intelectual del católico es una tarea difícil, tan difícil como importante. Como hombre está en el tiempo, y sometido a todas las vicisitudes del devenir. Como miembro del Cuerpo místico de Cristo, está ligado a la eternidad, su vida más intrínseca se arraiga allá donde no se encuentra ni mutación ni sombra de vicisitud, su inteligencia está fija en la Verdad primera, la fidelidad a ésta es el fundamento a toda la gracia en él, y el primer beneficio que toda criatura espera de él. Esta especie de mediación entre el tiempo y lo eterno es a la vez para la inteligencia cristiana una cruz dolorosa y una especie de misión redentora. Debe pensar a cada instante bajo la luz de la eternidad el mundo que pasa y cambia.
Nuestro problema, hoy, es pensar así el mundo moderno: no solamente pensar lo eterno, fuera del mundo, lo cual es el primer precepto del pensamiento contemplativo; sino también, por un segundo precepto semejante al primero, pensar el mundo y el momento presente en lo eterno y por lo eterno. Y este problema es tanto más urgente cuanto que vemos caer y deshacerse en torno de nosotros, en gran número, las formas temporales en las cuales, durante siglos, el mundo había recibido más o menos bien la huella de las verdades eternas: lo que es sin duda un gran daño, pues el hombre está así privado de una cantidad de apoyos que lo ayudaban a mantener en él la vida del espíritu; y es también, en cierto modo, una ventaja que no se podría medir, pues al mismo tiempo esta vida, y la vida misma de la Iglesia de Cristo, se ve liberada de la terrible pesadez humana cuyos numerosos abusos y prevaricaciones pesaban sobre el viejo mundo antes cristiano. Un mundo nuevo sale de la oscura crisálida de la historia, con formas temporales nuevas; tal vez en conjunto será menos habitable que el otro; pero es seguro que cierto bien y cierta verdad son inmanentes a estas formas nuevas, y que ellas manifiestan en cierto modo la voluntad de. Dios que no está ausente de nada de lo que es. En la misma medida ellas pueden servir aquí abajo a los intereses eternos. Se trata de comprender este estado del mundo, y de regular en consecuencia nuestros amores y nuestros odios, y nuestra acción.
Un doble peligro, un doble error deben ser evitados aquí. Podríamos vernos tentados por el abandono, si no de derecho, por lo menos de hecho, por la pérdida de vista más o menos completa de lo eterno en provecho del tiempo, y dejarnos llevar por el flujo del devenir en lugar de dominarlo por el espíritu: en realidad los que esto hacen sufren el mundo más que lo piensan; son actuados por el mundo sin actuar sobre él, sino como instrumentos de las mismas fuerzas del mundo; resbalan, como hojas livianas o como pesados troncos de árbol sobre el agua, a la deriva de la historia. A menudo generosos, y advertidos de las necesidades del momento por las intuiciones del corazón, olvidan, en su precipitación por correr hacia las realizaciones prácticas, las condiciones primeras de la eficacia práctica en sí misma, que son de orden espiritual y suponen el coraje intelectual de desnudar las apariencias, de dirigirse a los principios, y de mantener a cualquier precio el pensamiento centrado sobre algo inmutable.
Bajo pretexto de fidelidad a lo eterno, el otro error, totalmente contrario, consiste en permanecer asidos, no a lo eterno sino a fragmentos del pasado, a momentos de la historia inmovilizados y como embalsamados por el recuerdo, y sobre los cuales nos tendemos para dormir; los que hacen esto no desprecian el mundo como los santos, lo desprecian como ignorantes y presuntuosos; no lo piensan, se rehusan a él; comprometen las verdades divinas con formas moribundas: y si sucede que ellos tengan, mejor que los primeros, la inteligencia de los principios que no cambian, y una visión acertada de los errores, las desviaciones y las deficiencias del momento presente, esta ciencia permanece estéril, incompleta y negativista porque cierta estrechez de corazón les impide "saber la obra de los hombres", y rendir justicia a la obra de Dios en el tiempo y en la historia.
El primer error es como un desconocimiento del Verbo por el cual todo ha sido hecho, y por cuya Cruz el mundo fue vencido; este error volvería impotente y versátil el pensamiento cristiano ante el mundo. El segundo es como un desconocimiento del Espíritu que flota sobre las aguas, y que renueva la faz de la tierra; este error volvería ingrato y hostil el pensamiento cristiano ante el mundo.
Es difícil permanecer puro de uno u otro de estos errores, es difícil no inclinarse en mayor o menor grado del lado de uno o de otro. Pues no se trata de una dosificación ecléctica ni de un equilibrio en el cual dos pesos se compensan; el punto exacto, tanto en este dominio como en general en el dominio de las virtudes, no se obtiene sino por eminencia, elevándose muy por encima de los excesos contradictorios. El hombre no lo alcanza sino a costa de mucho penar. La Iglesia de todos modos prosigue divinamente su camino en medio de los pensamientos demasiado humanos y de los errores opuestos de algunos de sus hijos; en ella se realiza en plena perfección la justa medida de la virtud; y la unidad superior de los extremos diversos, en particular la fidelidad absoluta a las cosas eternas y la diligente atención hacia las cosas del tiempo. Por difícil que sea a cada uno de nosotros este acuerdo eminente, debemos sin embargo tender a él, y es ésta, en nuestros días, por las razones enunciadas antes, una tarea manifiestamente urgente. Si no para la Iglesia, que posee la promesa de la vida eterna, por lo menos para el mundo y para la cultura, cada retraso en su cumplimiento es susceptible de arrastrar consigo catástrofes irreparables. Para guiarnos en esta tarea, tenemos las enseñanzas de los Papas, y la sabiduría del Doctor común de la Iglesia.
Recobrando su espíritu de conquista, y extendiéndose audazmente sobre nuevos problemas y sobre posiciones nuevas, la doctrina de Santo Tomás nos ayudará a sobreponernos a una antinomia aparente que se presenta hoy respecto a ellas. Por una parte comprendemos que la Iglesia, recomendando esta doctrina con insistencia, entiende ante todo recomendar su Doctor común al mismo título de Doctor común, más bien que, a dar una ventaja a las disputas que oponen escuela a escuela. Por otra parte, comprendemos también que el pensamiento del Doctor Angélico es tan alto y tan fuertemente enlazado que no puede sufrir la menor disminución de sus determinantes específicas sin perder su eficacia para penetrar lo real. El Doctor común no es el Doctor banal, en el cual se encontraría simplemente todo aquello en lo cual los otros están de acuerdo; él nos enseña a asumir en los principios de una unidad superior todo lo que los otros han expresado de verdadero, no sin tener a menudo una gracia particular para valorizar tal o cual aspecto de las cosas.
¿Qué quiere decir esto? Las disputas de escuela durarán siempre; pero desplacémonos, vayamos adelante, abordemos dificultades nuevas, y por los aspectos mismos en los cuales lo real asoma más duramente, y entonces comprenderemos de la mejor manera la necesidad – a riesgo de sumergirnos en una impotente mediocridad – de mantener en todo su rigor los principios del más gran colector de verdades que el mundo haya conocido, y tendremos la suerte de ver reunirse espontáneamente en la luz de su pura doctrina a espíritus venidos de los cuatro puntos del horizonte.
Que nadie se engañe: son los problemas más arduos y más graves, y que tocan más íntimamente el corazón y la carne de la humanidad, que se amontonan ahora ante la inteligencia cristiana como si hubieran sido guardados por largo tiempo en reserva para un asalto general; son filosofías, búsquedas de ciencia o de arte, modos de pensamiento y de cultura de un tecnicismo raro y de una preciosa calidad humana los que esta inteligencia debe confrontar, reducir o asimilar. Ésta no alcanzará la meta de su tarea si no se arma de la sabiduría más formada, de la ciencia más exigente, del equipo intelectual más perfecto y más seguro, de la doctrina y del método más rigurosos y más comprensivos. Con tal equipo, podrá cumplir su misión, la cual, como lo indicaba hace un momento, por lo mismo que es una misión cristiana, es una misión en cierto modo crucificante. El pensamiento católico debe ser elevado con Jesús entre el cielo y la tierra, y es viviendo la paradoja dolorosa de una fidelidad absoluta a lo eterno estrechamente unida a la más diligente comprensión de las angustias del tiempo, que le es exigido luchar por reconciliar el mundo a la verdad.