La palabra humanismo se presta a muy diferentes interpretaciones, que dependen de la idea que se tenga del hombre. Conviene, pues, que desde ahora aventuremos una definición. Para dejar abierta toda discusión, diremos que el humanismo (y esta definición puede ser desarrollada siguiendo líneas muy divergentes) tiende esencialmente a hacer más realmente humano al hombre y a manifestar su grandeza original haciéndole participar de todo lo que pueda enriquecerlo en la naturaleza y la historia; pide al hombre que desarrolle las virtualidades que se hallan encerradas en él, sus fuerzas creadoras y la vida de la razón, y que trabaje para convertir las fuerzas del mundo físico en instrumentos de su libertad. Es evidente que la antigua sabiduría griega que, según afirmaba ella misma, tenía por objeto "lo que es superior a la razón teniendo por principio la razón", no puede ser suprimida de la tradición humanista. Esto, en último término, nos previene contra la menor veleidad de definir el humanismo como una exclusión de toda ordenación a lo sobrehumano y como abjuración de toda trascendencia.
Desde el punto de vista de la lógica concreta de los acontecimientos históricos, se constata que en este orden, no el de la pura especulación filosófica, sino de la vida humana y de la acción humana, muchas posiciones teóricamente sostenidas (con razón o sin ella) son rápidamente abandonadas porque en poco tiempo demuestran ser no vivientes, no sólo para este o aquel individuo, sino para la consciencia común.
Aquí vemos cuál ha sido el vicio propio del humanismo clásico, es decir, del humanismo que desde el Renacimiento ha ocupado los tres últimos siglos. Este vicio, según mi opinión, se refiere no solamente a lo que es afirmación en el humanismo, sino también a lo que es negación, rehusamiento, separación, lo que se podría llamar una concepción antropocéntrica del hombre y la cultura. Me doy cuenta de que esta palabra no es muy afortunada, pero la empleo a falta de otra mejor. Se podría también afirmar que el error de que se trata es la idea de una naturaleza humana encerrada en ella misma o que se bastase absolutamente a ella misma.
En vez de una naturaleza humana abierta y de una razón abierta, que son la naturaleza y la razón reales, se ha pretendido establecer en la existencia una naturaleza y una razón aisladas en sí y encerradas en ellas mismas, al margen de todo lo que no son.
En vez de un desarrollo humano y racional que continúe el Evangelio, se ha pedido dicho desarrollo a la razón pura y no al Evangelio.
Y para la vida humana, para el movimiento concreto de la historia, esto significa evidentes e importantes amputaciones.
Plegaria, milagro, verdades supra-racionales, consciencia del pecado y de la gracia, beatitudes evangélicas, necesidad de la ascesis, de la contemplación, de la cruz, todo esto es puesto en duda o negado. En el régimen concreto de la vida humana, la razón se aísla de lo supra-racional.
La razón se aísla también de todo lo que es irracional en el hombre o lo niega, siempre en virtud del mismo sofisma de que lo que es "irracional" en el sentido de no reductible a la razón misma, sería "irracional" en el sentido de anti-racional o de incompatible con la razón. En cierta manera, la vida del universo de la voluntad es desconocida. Y lo que hay de no-racional en el mundo del conocimiento es igualmente desconocido. Por otra parte, todo el mundo de lo infra-racional, de los instintos, de las tendencias obscuras, del inconsciente, con todo lo que comporta de maligno, casi de demoníaco, pero también con lo que comporta de fecundo, es puesto entre paréntesis y púdicamente olvidado.
De esta manera, poco a poco, se ha ido formando el hombre del fariseísmo burgués en quien el siglo XIX ha creído durante mucho tiempo y que Marx, Nietzsche y Freud se empeñaron en desenmascarar. Y, en efecto, lo consiguieron, pero no sin al mismo tiempo desfigurarlo.
Desde la época de Descartes se han hecho a los hombres promesas enormes. El progreso del espíritu tenía que dar, automáticamente, una gran felicidad de paz y reposo, una beatitud terrestre.
Pues bien, que todo esto no ha sido es lo que la historia ha demostrado. Después de haber perdido a Dios con el fin de bastarse a sí mismo, el hombre pierde su alma, se busca en vano, complica el universo para hallarse, encuentra máscaras y detrás de todo la muerte.
Y entonces asistimos al espectáculo de un oleaje irracionalista, que consiste en el despertar de una oposición trágica entre la vida y la inteligencia.
Esta oposición había empezado con Lutero y continuado con Rousseau. Pero en seguida se produjeron fenómenos de simbiosis que no tengo tiempo de analizar ahora.
Actualmente dicha oposición se presenta a veces bajo formas serviles, por ejemplo, bajo la forma del racismo o bajo la forma extraordinariamente simplificada que le dan los que gritan "muera la inteligencia". A ello me referiré en seguida.
La referida oposición se manifiesta también en formas nobles, muy nobles, y al decir esto recuerdo pensadores como Nietzsche, Kierkegaard, Karl Barth, Chestov. Fue por amor hacia lo más espiritual y libre que existe por lo que ellos emprendieron la tarea de defender al hombre contra la razón, y si el camino por donde anduvieron fue equivocado sería muy injusto confundirlo con el de los enemigos serviles de la razón, que son también sus enemigos. Con todo, a pesar de que alguna inteligencia atribuya valor a la inteligencia y de que alguna generosidad trate de salvar los valores humanos, esta posición da lugar, en definitiva, a lo que podríamos llamar un contra-humanismo. Y en la existencia concreta y evolución efectiva de las sociedades, la desgracia de las formas de contra-humanismo noble radica en que fatalmente los hombres acaban por substituirlas por formas serviles: Nietzsche da paso a Rosenberg.
Parece aquí que la razón está en peligro por la adoración de la razón, y el humanismo lo está por el humanismo antropocéntrico, es decir, por el falso humanismo. Voces terribles se elevan en el hombre y gritan: ¡basta ya de optimismo falaz y de moralidades ilusorias, basta ya de idealismo que nos mata, que niega el mal y la desgracia y que nos arrebata el medio de luchar contra ellos! Volvamos a la gran fecundidad espiritual del abismo, del absurdo y de la ética de la desesperación! ¡Pobre Nietzsche! La voz en verdad terrible, la voz fatal, no es la voz de Nietzsche: es la voz de esta multitud mediocre y chata, cuya chatez, mediocridad y futileza son como signos apocalípticos, y que esparce a los vientos del mundo – bajo la forma del culto a la guerra (de la guerra misma o de su sombra pavorosa y fecunda en beneficios), o bajo la forma del culto a la raza o a la sangre – el evangelio del odio a la razón.
Cuando el amor y la santidad no transfiguran la condición humana y no mudan los esclavos en hijos de Dios, la Ley inmola muchas víctimas. Nietzsche no podía soportar el espectáculo de los lisiados del cristianismo y, con más intensidad que Goethe, se rebeló contra la cruz; su sueño era un superhombre dionisíaco, completamente ficticio. Dionisos, los periódicos y la radio, cada mañana nos comunican como dicho superhombre dirige su danza a través de los campos de concentración, en los nuevos ghettos donde millares de judíos y políticos sospechosos son condenados a una muerte lenta, por las ciudades bombardeadas de China y España, en la Europa locamente armada.
Nietzsche no vio que los hombres sólo tienen dos caminos para escoger: el del calvario o el de la matanza. La marea irracionalista es en realidad la peripecia trágica del humanismo racionalista que reacciona contra el humanismo de la razón encerrada en ella misma, pero integrando el hombre a las potencias terrenas, separándolo de las comunicaciones superiores y del espíritu que libera, sumiendo la criatura en el abismo de la vitalidad animal.
Otro espectáculo al que asistimos es, por el contrario, el de una continuación, agravación y exasperación del humanismo antropocéntrico en la dirección de las esperanzas racionalistas, continuadas ahora no solamente como religión filosófica, sino como religión vivida.
Esto proviene de haber llevado hasta las últimas consecuencias el principio de que la salvación del hombre está en él mismo.
Así nos enfrentamos con el marxismo. Marx transmutó el hegelianismo, pero permaneció hasta tal punto racionalista que el movimiento de la materia es para él un movimiento dialéctico. En el materialismo marxista no existen los instintos irracionales ni la mística biológica. La razón decapita a la razón.
La creencia de que la salvación del hombre está en él mismo, cumple su destino. Así, pues, este destino es mera y exclusivamente temporal; la salvación tiene lugar naturalmente sin Dios, ya que el hombre no está ni obra verdaderamente solo sino a condición de que Dios no exista; y aun contra Dios, es decir, contra todo lo que en el hombre y en el medio humano es la imagen de Dios, o sea, la heteronomía. Esta salvación exige la organización de la humanidad en un cuerpo cuyo fin supremo no es la contemplación de Dios, sino el dominio completo de la historia. Es una posición que todavía se declara humanista, pero que es radicalmente atea y por esto mismo destruye la realidad del humanismo, que teóricamente profesa.
La manera como la dialéctica revolucionaria materialista, tal como ella ha vivido desde hace veinte años en el país que conquistó, devora a sus jefes y ha eliminado en ellos, por todos los medios, la consciencia moral al servicio de su finalidad, ha perseguido, internado en los campos de concentración, condenado a muerte, a millares y millares de sospechosos, es suficiente, para convencernos sobre este capítulo.
Hay una posición tan alejada del humanismo antropocéntrico como del irracionalismo anti-humanista: la posición cristiana humanista, según la cual la fatalidad del humanismo clásico no es debida a ser humanismo, sino a ser antropocéntrico; no ha sido de creer en la razón, sino de asimilarla y marchitarla; no ha sido de buscar la libertad, sino de orientarse hacia el mito ilusorio de la Ciudad del individuo-dios, en vez de orientarse hacia el ideal de la Ciudad de la persona a imagen de Dios.
En una palabra, según esta manera de ver las cosas el mundo moderno ha buscado lo bueno por malos caminos; ha comprometido de esta manera la búsqueda de auténticos valores humanos que es preciso salvar ahora por la posesión consciente de una verdad más profunda, por una nueva creación substancial del humanismo.
Un nuevo humanismo debe reasumir, bajo un clima purificado, todo el trabajo de la edad clásica, tiene que rehacer la antropología, hallar la rehabilitación y la "dignificación" de la criatura, no en un aislamiento, en un encerrarse en sí misma, sino en su eclosión en el mundo de lo divino y de lo suprarracional: esto presupone prácticamente una obra de santificación de lo profano y de lo temporal; esto significa el descubrimiento de un sentido más profundo y más real de la persona humana gracias a lo cual el hombre se hallaría a sí mismo al encontrar a Dios, y dirigiría la obra social hacia un ideal heroico de amistad fraternal concebida no como un regreso espontáneo del sentimiento a un ignorado e ilusorio estado primitivo, sino como una difícil y dolorosa conquista del espíritu, una obra de gracia y virtud.
Un humanismo de esta clase, que considera el hombre en la integridad de su ser natural y sobrenatural y que no se impone ningún límite a priori en cuanto al descendimiento de lo divino en el hombre, podría llamarse humanismo de la Encarnación.
En la visión de este humanismo integral, no hay para qué escoger, o sacrificar uno al otro, entre el movimiento vertical hacia la vida eterna (que nace y empieza en este mundo) y el movimiento horizontal en el que se revelan gradualmente la substancia y las fuerzas creadoras del hombre en la historia. Estos dos movimientos deben ser perseguidos simultáneamente. Y el segundo, el movimiento horizontal de progresión histórica, no se realiza bien y sin redundar en daño de lo humano, si no se junta de una manera vital con el primero, con el movimiento vertical hacia la vida eterna. Porque este segundo movimiento, el movimiento horizontal, poseyendo finalidades propias y tendiendo a mejorar la condición del hombre en la tierra, prepara, no obstante, el reino de Dios en la historia, el cual, tanto para el individuo como para toda la humanidad, es algo que, se halla más allá de la historia.