«¿Qué soy yo? me pregunto. ¿Un maestro? No lo creo; enseño por necesidad. ¿Un escritor? Tal vez. ¿Un filósofo? Espero que sí. Pero también una especie de romántico de la justicia, pronto a imaginar, en cada combate en que participo, que la justicia y la verdad tendrán su día entre los hombres. Y, tal vez, también algo así como un buscador de vertientes, que pega su oído a la tierra para escuchar el sonido escondido de las aguas y de sus germinaciones invisibles.» (J. Maritain)

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Confesión de Fe

Jacques Maritain

      En mi infancia fui instruido en el 'protestantismo liberal'. Más tarde llegué a compenetrarme de los diversos aspectos del pensamiento secular y laico. La filosofía cientista y fenomenológica de mis maestros de la Sorbona me llevó casi a desesperar de la razón. En algún momento llegué a creer que podría encontrar la certeza total en las ciencias, tanto que Felix Le Dantec pensaba que mi novia y yo llegaríamos a ser discípulos de su materialismo biológico. Mi mayor deuda a los estudios de esa época en la Facultad de Ciencias fue el encuentro con la mujer que desde entonces, para mi dicha, ha estado a mi lado en una perfecta y feliz comunión.

     Bergson fue el primero que respondió a nuestro deseo profundo de verdad metafísica, y el que liberó en nosotros el sentimiento de lo Absoluto.

     Antes de ser cautivado por Santo Tomás de Aquino, fui objeto de grandes influencias, aquellas de Charles Peguy, Henry Bergson y León Bloy. Al año de haber conocido a Bloy, mi esposa y yo fuimos bautizados católicos, ocasión en la que lo elegimos a él como nuestro padrino. Fue después de mi conversión al catolicismo que vine a conocer a Santo Tomás. Yo había peregrinado apasionadamente por todas las doctrinas de los filósofos modernos sin haber encontrado nada más que decepción y una incertidumbre extrema. Lo que ahora experimentaba fue como la iluminación de la razón. Mi vocación de filósofo despertó en toda su claridad.

     'Hay de mí si no tomistizara', escribí en uno de mis primeros libros. Hoy, al cabo de treinta años de trabajo y combates, he seguido caminando por esa misma senda, con el sentimiento de una profunda y creciente simpatía por las exploraciones, descubrimientos y agonías del pensamiento moderno, en la medida en que lo penetro a la luz de esa sabiduría desarrollada a través de siglos, una sabiduría resistente a las fluctuaciones del tiempo. Pero para avanzar por esta ruta estamos obligados a conjugar extremos muy distantes, porque nuestros problemas no tienen soluciones prediseñadas en la herencia de los antiguos. También estamos obligados a entresacar meticulosamente la sustancia pura de las verdades - rechazadas por muchos modernos en su aversión a las que consideran despreciables opiniones del pasado - de toda la escoria, los prejuicios, las imágenes añejas y las construcciones arbitrarias que muchos tradicionalistas confunden con lo que realmente debe ser venerado como inteligente.

     He hablado de las diferentes experiencias por las que he pasado, porque me han dado la oportunidad de experimentar personalmente el estado mental del libre pensador idealista, del converso inexperto y del cristiano que toma conciencia, en proporción directa al enraizamiento de su fe, de las purificaciones de que debe ser objeto esa fe. También he alcanzado alguna idea experimental de lo que valen tanto el campo de los anti-religiosos como el campo de los indecisos y neutrales. Ninguno de ellos vale mucho.

     Pero la peor desgracia del segundo de esos campos es que conlleva el riesgo de comprometer consigo a la Iglesia inocente y perseguida, el Cuerpo Místico de Cristo, cuya vida esencial, sine macula sine ruga, está en la Verdad y en los santos, y que viaja hacia su perfección a través de sus propias debilidades y de la ferocidad del mundo.

     En mi opinión, Dios nos educa por medio de nuestros propios fracasos y errores, para hacernos entender que sólo debemos creer en Él y no en los hombres - lo que nos induce a maravillarnos, a pesar de todo, de la bondad de los hombres y de todo el bien que hacen a pesar de ellos mismos.

('Confesión de Fe', 1939)