"Maritain: testigo eminente de la fe y heraldo de la razón"
Juan Pablo II
En verdad, junto a Raïssa, quien se convertiría en compañera inseparable de su vida y en colaboradora de sus obras, Maritain vivió, en su juventud, una crisis profunda y dolorosa, ya que las enseñanzas de sus maestros cientistas y fenomenológicos que había seguido, lo habían conducido a “desesperar” de la razón.
Ahora bien, después del bautismo, ocurrió el feliz descubrimiento del pensamiento de Santo Tomás. “Lo que ahora experimentaba – confesaría más tarde – fue como la iluminación de la razón. Mi vocación de filósofo despertó en toda su claridad”, (JM, ‘Le Philosophe dans la Cité’, París, 1960, pp. 23-24). Comprendió en ese momento que, presentados en su autenticidad y pureza, los principios de la filosofía del Doctor Angélico – considerado por él como el “apóstol de los tiempos modernos” –, podían iluminar los problemas de nuestro tiempo, permitiendo acoger en un sistema amplio y viviente todos los valores y todas las verdades que las ciencias, las artes y el pensamiento contemporáneo habían actualizado. Supo reconocer la actualidad de un pensamiento superior, “con todo el poder de avanzar en la conquista de nuevas áreas de descubrimiento justamente porque sus principios son firmes y orgánicamente interrelacionados.” (Op.Cit., pp. 26)
Esa “iluminación de la razón” suscitó en el joven Maritain una adhesión tan profunda al pensamiento de Santo Tomás que, por un movimiento espontáneo de su espíritu, llegó a ser uno de los principales artesanos del “renacimiento tomista” que el Magisterio de la Iglesia, con León XIII, había deseado y promovido en respuesta a las principales demandas de la cultura moderna y para contrarrestar el divorcio “contre natura” entre la razón y la fe (Encíclica ‘Aeterni Patris’, 1879). A esa vocación, por la que soportó fatigas, incomprensiones y oposiciones, permanecería fiel hasta el día de su muerte.
No se trataba para él de repetir fórmulas, sino, a la luz de un pensamiento tan elevado que escapa a las vicisitudes y al desgaste del tiempo, realizar la obra del pionero, lealmente innovadora gracias al aporte de una contribución verdaderamente original a la reflexión filosófica e incluso teológica, en numerosos ámbitos, entre ellos la metafísica, la antropología, la moral, la filosofía del arte, la epistemología, la filosofía de la naturaleza, la filosofía política y de la historia, la filosofía de la cultura y la pedagogía, la liturgia y la contemplación. Lo hizo, a pesar de las circunstancias a menudo difíciles y a pesar de algunos aspectos discutibles de su pensamiento, con un coraje y un espíritu de justa autonomía de la razón que en él iban juntos al amor por la Iglesia y a la docilidad al Magisterio.
Él era el hombre del diálogo. Sin compromiso cuando la verdad era cuestionada, no fue nunca partidista en la defensa de sus propias ideas, en particular de aquellas formadoras de opinión. Bajo esta perspectiva, lanzó un reto que merece ser acogido por todos los que quieren ser honestos servidores de una verdad que no es la suya, porque los trasciende. Verdad que debe descubrirse en una búsqueda que es, al mismo tiempo, compromiso de una investigación seria desde el punto de vista científico, y apertura a la contribución superior de la revelación, delante de la cual es necesario tener una actitud de fe y de amor.
En eso Maritain fue realmente un maestro.
Es también por eso que su pensamiento concuerda ejemplarmente con el gran proyecto del Magisterio de la Iglesia para el tiempo contemporáneo: Revivificarlo y renovarlo todo en Cristo, poniendo la fe en contacto con la cultura y la cultura en contacto con la fe.
(Juan Pablo II. Menaje en conmemoración del primer centenario del nacimiento de Maritain. 15 de agosto de 1982)