"Cuando se sigue con detalle la génesis de la obra de Maritain nos damos cuenta que no hay libro ni ensayo que no haya sido provocado, inspirado, por los cambios, por los momentos errantes y las congojas del espíritu en el tiempo. Resulta admirable que una obra nacida de tal manera sea tan poco precoz: a medida que se vuelve a leer, se siente mejor su coherencia interna.
      "Maritain ha evolucionado constantemente, pero en el verdadero sentido de la palabra, esta evolución se manifiesta por el desarrollo de los gérmenes de verdad que había recibido en el transcurso de su carrera, sin negar aquello que había sostenido de antemano. Su filosfía lleva la marca del tiempo pero no la del instante."

(Henri Bars)

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El Tomismo y las Filosofías Modernas

Angel Correa

       “En el terreno puramente racionalista, que es propio de la filosofía moderna, la historia se inicia con Descartes, quien, por así decirlo, desgajó el pensar del existir y lo identificó con la razón misma: Cogito, ergo sum («Pienso, luego existo»).
       “¡Qué distinta es la postura de Santo Tomás, para quien no es el pensamiento el que decide la existencia, sino que es la existencia lo que decide el pensar! Pienso del modo que pienso porque soy el que soy...”
(Juan Pablo II)

      La confrontación del tomismo con las filosofías modernas no sólo importa un enfrentamiento entre corrientes filosóficas diversas, hecho de lo más corriente a lo largo de la historia, sino la lucha entre dos modos de concebir la filosofía: uno objetivo y el otro subjetivo.

      El punto crucial de esta confrontación radica directa y principalmente en los diferentes puntos de partida elegidos o usados por una y otra perspectiva como condición primera de su reflexión: el punto de partida elegido por las filosofías modernas es el sujeto que piensa, en tanto que el del tomismo es el objeto, la cosa que se piensa. En otras palabras, mientras que la construcción filosófica de las filosofías modernas comienza con ‘lo pensado’, el tomismo comienza con ‘el ser de las cosas’ que es, en sí mismo, algo extra-mental, algo que existe fuera de nuestro pensamiento.

      Así, ante la pregunta «¿qué es lo real?», la respuesta de las filosofías modernas se reduce a que lo real no es más que las ideas que formamos de las cosas en nuestra razón, y no las cosas en sí mismas. A esto responden los nombres de ‘racionalismo’, ‘idealismo’ o 'subjetivismo' con que se identifican la generalidad de dichas filosofías.

      El Tomismo, en cambio, en su respuesta reconoce y acepta que lo real es lo que es, independientemente del pensamiento; es el ser real de cada cosa, en cuanto cosa existente o capaz de existir por sí misma. De aquí vienen los nombres ‘realismo’ y, más propiamente, ‘filosofía del ser’, que se le asignan.

       La magnitud de esta diferencia no puede ser más extrema. En un caso, el de las filosofía modernas, se trata de construcciones filosóficas cuyo punto de partida ha sido establecido al arbitrio de cada filósofo fundador, ya sea en un hecho, como el ‘pensamiento’ en el caso de Descartes, o en un principio cualquiera que el filósofo del caso desarrolla “artísticamente”, como quien compone una partitura musical o realiza el plano de un edificio. En tal sentido, los filósofos modernos son creadores de sistemas filosóficos.

      En cambio, el punto de partida de la reflexión tomista no ha sido establecido a priori por ningún filósofo en particular, sino que comenzó a ser reconocido a posteriori, como algo impuesto a la razón por la objetividad de las cosas, desde el momento mismo en que el hombre comenzó a reflexionar sobre su propio ser y sobre el ser de las cosas que lo rodeaban.

      Aristóteles fue el primero que expuso ordenadamente esta concepción al desarrollar su pensamiento en función de las opiniones y descubrimientos de los pensadores que lo precedieron, según trataban de establecer la naturaleza de las cosas. Santo Tomás usó el mismo procedimiento respecto de sus predecesores medievales y, muy particularmente, de Aristóteles, cuyo pensamiento no sólo utilizó, sino que, a causa de su identidad plena en los principios, adoptó como su propia “armadura filosófica”, no obstante tratarse de un filósofo pagano, hecho que, para Maritain, constituye “una fuente de verdadero estímulo intelectual”. (OC, V, 256) Esto permite hablar también del tomismo como filosofía ‘aristotélico-tomista’.

      La propia dinámica a posteriori del tomismo implica que su crecimiento no puede darse por terminado con Santo Tomás. El avance de la historia provee nuevos hechos y realidades que, como lo demuestra el propio esfuerzo de Maritain, posibilitan una renovación doctrinal constante, adecuada a nuevos contextos. De allí el nombre de ‘filosofía perenne’, que afirma su continuidad histórica incesante.

(A.C. "Jacques Maritain, Filósofo cristiano…'. 2010)