"La gran conquista del arte moderno y de la poesía moderna estriba en que arte y poesía llegaron a adquirir conciencia de sí mismos y del misterio espiritual que encierran, en un grado antes nunca alcanzado. El arte y la poesía comprendieron – acaso a costa de un terrible precio – que el primer deber del artista y del poeta consiste en ser inquebrantablemente fieles a su verdad, a la verdad singular e incomunicable de ellos mismos y de las cosas, que les es oscuramente revelada y que debe asumir forma en la obra de arte.
      "Cuanto más profunda y decisiva sea esa verdad propia del artista, tanto más corre el riesgo de parecer a sus contemporáneos, por lo menos al principio, algo carente de valor o insensato, ya que el artista ve su verdad, pero sus contemporáneos todavía no la percibieron; la verán luego, gracias a él y a sus sufrimientos. Ahora todos sabemos de qué virtud heroica de pintor surgió la obra de Cézanne.
      "Desde luego, en tales circunstancias el artista corre toda clase de riesgos, de manera que para que un creador verdaderamente grande y auténtico triunfe en esta extraña lucha con el Ángel, muchos, menos grandes, habrán sido derrotados. Pero aun cuando fracasen y queden irremediablemente derrotados, su esfuerzo y su propia derrota merecen nuestro respeto. El respeto ante el esfuerzo del artista, el sentido del misterio espiritual en que está empeñado su trabajo creador de hombre que persigue la belleza, son requisitos previos a todo juicio artístico digno de su objeto. El único artista que no merece respeto es el que trabaja para gustar al público, para obtener éxito comercial u honores académicos."

(J. Maritain)

Jacques Maritain
Óleo (parcial) de Otto van Rees, 1929



La batalla de las ideas

      Los hombres de nuestro tiempo están inmersos en una guerra por el mundo. Es una guerra de ideas al igual que una guerra de proyectiles, y el estruendo y la confusión no están limitados a la guerra de proyectiles. Ambas han sido definidas a veces como guerras destinadas a determinar si los principios fundamentos que son verdaderos sobrevivirán después de todo. En otras oportunidades, el asunto se ha centrado más bien en establecer bajo qué principio ha de vivir el mundo, el falso o el verdadero.

      Mucho antes de la batalla de las balas, y mucho después de ella, la batalla de las ideas sigue su curso. En realidad, una mayor pérdida de tiempo en la batalla de las balas puede hacer perder a la humanidad la batalla de las ideas. Porque las ideas, en particular aquellas enervantes y desintegradoras, generalmente provocan risas y son descartadas como tonterías por las masas humanas resignadas. Después de todo, una idea desnuda no es suficiente para sobresaltar a un hombre de su sueño, privarlo de su comodidad, quitarle su comida o robarle su vida.

      Sólo aquellos particularmente alertas, aquellos que toman sus principios con absoluta seriedad, no como una dádiva, ven venir la guerra de las ideas mucho antes que el zumbido de las balas despierte a los hombres de su letargo. Ellos son los guardianes de la humanidad que, con no poca frecuencia, son engrillados en el silencio por los hombres que no quieren ser perturbados.

      En este contexto, no ha sido difícil reconocer a Jacques Maritain como uno de esos guardianes de la humanidad, tomando sus propios principios con seriedad absoluta y, plenamente alerta, incorporándose al torrente de la batalla de las ideas mientras los demás duermen.

      Él escribe con el coraje propio de los visionarios que procuran movilizar a su prójimo en anteojeras, y con todo el amor por la humanidad tan evidente en su exitoso esfuerzo de entregar al presente y al futuro del hombre un lenguaje que pueden entender.

(Prólogo a 'The Maritain Volume'. Homenaje de la revista The Thomist. 1943)