Antes de ser cautivado por Santo Tomás de Aquino, fui objeto de grandes influencias, aquellas de Charles Peguy, Henry Bergson y León Bloy. Al año de haber conocido a Bloy, mi esposa y yo fuimos bautizados católicos, ocasión en la que lo elegimos a él como nuestro padrino.
Fue después de mi conversión al catolicismo que vine a conocer a Santo Tomás. Yo había peregrinado apasionadamente por todas las doctrinas de los filósofos modernos sin haber encontrado nada más que decepción y una incertidumbre extrema. Lo que ahora experimentaba fue como la iluminación de la razón. Mi vocación de filósofo despertó en toda su claridad.
"Hay de mí si no tomistizara", escribí en uno de mis primeros libros. Hoy, al cabo de treinta años de trabajo y combates, he seguido caminando por esa misma senda, con el sentimiento de una profunda y creciente simpatía por las exploraciones, descubrimientos y agonías del pensamiento moderno, en la medida en que lo penetro a la luz de esa sabiduría desarrollada a través de siglos, una sabiduría resistente a las fluctuaciones del tiempo.
Hablo de las diferentes experiencias por las que he pasado, porque me han dado la oportunidad de vivir personalmente el estado mental del libre pensador idealista, del converso inexperto y del cristiano que toma conciencia, en proporción directa al enraizamiento de su fe, de las purificaciones de que debe ser objeto esa fe.
Aquí, solamente diré que considero que la filosofía Tomista es una filosofía viviente y presente, con todo el poder de avanzar en la conquista de nuevas áreas de descubrimiento justamente porque sus principios son firmes y orgánicamente interrelacionados.
('Confesión de Fe')