Somos, en verdad, deudores de Maritain de idéntica manera que él mismo lo es respecto de Santo Tomás, nuestro común maestro.
Debemos agradecerle a Maritain el hecho de haber roto los muros de nuestra soledad, por habernos inspirado el coraje de pensar que en ninguna época la verdad debe dejar de ser dicha y habernos probado, por el ejemplo, que juzgar lo que pasa a la luz de lo que no pasa, lejos de levantarnos contra nuestro tiempo, es la sola vía que nos conduce a lo que en éste merece ser amado.
En Francia, en Canadá, en Estados Unidos, en América Latina, en todas partes donde se ha ejercido su acción milagrosamente fecunda, su creencia en la acción redentora de la Sabiduría ha llegado a ser por mucho la mejor establecida de las verdades.
¡Gracias le sean dadas!