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Publicación
trimestral

Edición Internet
Año I
#1

Abril-Junio
2008

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 • Editorial

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DOSSIER

CULTURA, EDUCACIÓN
Y RENOVACIÓN DEMOCRÁTICA

  Enrique Pérez Olivares
 • Fernando Moreno
 • Arturo Posanti

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ESTUDIOS Y TESTIMONIOS

 • Yves R. Simon
 • Eugene Vaghin

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DOCUMENTOS

 • Instrucción sobre algunos aspectos de la Teología de la Liberación

 



DOSSIER

CULTURA, EDUCACIÓN Y RENOVACIÓN
DEMOCRÁTICA

 

INTRODUCCIÓN
PERSONA, IDEAL DEMOCRÁTICO y EDUCACIÓN

Enrique Pérez Olivares

No hay duda de que la palabra democracia tiende en nuestros días a perder su sentido; pero tampoco podemos dudar que la fuerza de su contenido original ha hecho que prácticamente todos los grupos y todos los sistemas políticos quieran bautizarse con ella.

Bajo este nombre se cobijan los más hermosos sueños y también las más espantosas tragedias colectivas del mundo contemporáneo. Originalmente se hizo referencia a una explicación, pero también a una propuesta de solución al problema de la titularidad del poder político. Frente a la pregunta ¿quién es el titular del poder?, la respuesta en el mundo moderno fue ésta: "el pueblo". Establecida esa primera afirmación, surgió otro interrogante: ¿cómo el pueblo ejerce el poder político? Se abrió entonces en la historia una multiplicidad de respuestas: directamente, por medio de representantes del ciudadano, a través de la vanguardia del pueblo: corporaciones, elite ilustrada, clase proletaria encarnada en el partido obrero;. o por exponentes de esas organizaciones populares junto con los representantes del ciudadano. y se originaron esas variadas formas de democracia (directa, representativa, corporativa, elitaria, democracia participativa) de las que se habla modernamente. La misma variedad comenzó a plantear dudas sobre la procedencia y la legitimidad del calificativo democrático; por lo menos, a algunas de esas alternativas. Surge entonces la pregunta de si algunas, o quizás todas ellas, de las que tenemos experiencias históricas, en realidad están desvirtuando la respuesta original, según la cual el pueblo es titular del poder.

A este grupo de preguntas se unen otras, una de las cuales es crucial, relacionada con el fin para el que se ejerce el poder político. Y la respuesta también es sencilla, aparentemente: "para el bien del pueblo". Justamente, para que sea en bien del pueblo, el Estado, sus instituciones y sus funcionarios están sometidos a control y responden ante el pueblo.

Pareciera que la respuesta "gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo", continúa siendo una descripción más o menos adecuada de la democracia. Sin embargo, el análisis histórico de los regímenes que se califican como tales y la investigación científica sobre su realidad descubren tal cúmulo de problemas, que las preguntas tienen que ir más allá.

¿Por qué debe el pueblo ejercer el poder?, ¿qué entendemos por pueblo? y estas sucesivas preguntas nos van acercando a la búsqueda en torno a la idea del hombre, a una concepción de la historia, a una teoría de la sociedad. Esta búsqueda, en la medida en que empieza a recibir respuestas convergentes, se integra en una verdadera filosofía, en la perspectiva humanista, personalista, de la que participamos muchos de nosotros. Y al afirmar y reconocer en el hombre esa substancia individual de naturaleza racional, encontramos lo que el filósofo Jacques Maritain, cuyo nombre hemos adoptado, nos advirtió con tanta frecuencia: en cuanto individualidad material, el hombre es avaricia de ser; en cuanto persona, es subsistencia de un ser capaz de pensar, amar y colaborar, por sí mismo, en su propia suerte; y que avanza hacia el umbral de la independencia propiamente dicha. .

Ese todo que es el hombre, está abierto al amor, a la inteligencia y a la tarea de su propia perfección y la cumple en comunicación con los 'demás hombres, y con Dios. Guiado por la razón rectamente ordenada y en un dinamismo creador, el hombre verdadera y plenamente natural -nos los advirtió también Maritain-, no es el hombre de la naturaleza: la tierra inculta. Y cito sus palabras: "Es el hombre de las virtudes, la tierra humana cultivada por la recta razón; el hombre formado por el cultivo interior de las virtudes intelectuales y morales." Sólo él tiene una consistencia, una personalidad. Al comenzar a encontrar estas respuestas queda evidenciado que el problema de la democracia excede el nivel del análisis de un régimen político, para abrirse a todo un estilo de vida. Vida en la cual un hombre procura resolver sus tensiones esenciales y existenciales.

Esa tarea le es propicia y exclusiva. El es el único autor.

¿Y cuáles son esas tensiones que el hombre encuentra y debe resolver? Derivadas de su esencia, surgen fundamentalmente cuatro:

Primera: La tensión entre su materialidad y su espiritualidad, por lo que se debate entre su condición de parte de la naturaleza regida por las leyes físico-químicas y biológicas, y el hecho de que cada parte de su ser orgánico está transido por su condición espiritual, introduciendo modificaciones actuales y potenciales que constituyen el más profundo origen del misterio de su vida.

Segunda: La tensión entre la necesidad y la libertad. En lo que descubre que su especifidad humana le abre el camino para superar el juego de las influencias de las leyes de la naturaleza y de las presiones que los hechos de generaciones anteriores producen en su circunstancia. No está solo, "condenado a ser libre". Debe conquistar su libertad interior.

Tercera: La tensión entre la sucesión de actos, hechos, vida y muerte que refleja la contingencia, y la conciencia de su yo, la continuidad de su especie, la intuición de trascender a la muerte y a la historia, que debela la permanencia. Cuarta: La tensión entre lo que no es por sí, sino "por" y "para" otro, es decir, lo relativo; y el absoluto: ser por sí y para sí, en la que descubre su vida transcendente y sobrenatural, desde la que todas las tensiones esenciales y existenciales toman pleno sentido.

Las tensiones existenciales principales son, a mi juicio, también cuatro: La primera es la tensión entre la persona individual y la sociedad el! la que se encuentra; su sociabilidad, su condición de parte y todo, subordinada a las exigencias del conjunto, pero no en todas sus facetas; y, al mismo tiempo, proponiendo la plenitud de su desarrollo como fin y meta del conjunto. La tensión entre la sociedad y la naturaleza, en la que surgen las relaciones de uso, apropiación, transformación, consumo, intercambio, destrucción o conservación de los recursos naturales y de los objetos culturales por la que se sabe unido indisolublemente a su entorno, que pase a ser su "ambiente", y al fin esté unido en unas relaciones de equilibrio mínimo, sin las cuales su sobrevivencia personal y la de la especie se ponen en riesgo.

La tensión entre la patria a la que pertenece y de la que se nutre culturalmente de forma próxima e inmediata, y el mundo que se le abre como reto para el ejercicio de la cooperación y la solidaridad. La tensión entre el pasado y el futuro, en la que descubre su historicidad y encuentra cómo las vidas de los que le han antecedido condicionan su tiempo e intuye la responsabilidad de abrir un ámbito de vida más plenamente humana para los que le sucederán.

Es obvio que esas tensiones no se pueden resolver si la democracia se reduce a un simple régimen político. Sin embargo, lo que conocemos como democracia es, cada vez más, un conjunto de instituciones y de formas organizativas que tratan de responder nada más que a la problemática del régimen político. y por eso en los inicios de nuestras reflexiones y deliberaciones, esa diferencia entre el nivel de análisis relativo al régimen político y el nivel de análisis relativo al ideal democrático, nos comienza a plantear la posibilidad de resolver, de dar respuesta a las preguntas más fundamentales. ¿Por qué esa enorme atracción que ejerce el ideal democrático? y ¿por qué al mismo tiempo, la insatisfacción con el funcionamiento de los regímenes políticos que se han autocalificado como democráticos?

Es que el ideal democrático se adecua a las exigencias que derivan de la naturaleza del hombre y la sociedad: ello explica su atracción. Pero, ¿en qué medida los regímenes democráticos 1.0 hacen?, ¿es que hoy en día, la manera como se expresa y como actúa el hombre encuentra en el régimen democrático el ámbito para resolver las tensiones esenciales y existenciales?

La respuesta claramente es negativa. Ese escepticismo, ese desencanto, esa conciencia de la crisis y de la ausencia de respuesta, indican que l,os regímenes políticos democráticos que conocemos, nacidos todos sobre respuestas decimonónicas, originadas hace un siglo, y más todavía, no abren ese ámbito para la realización plena del hombre. Y por eso hay que refundar, como decía el profesor Papini, como han dicho otros, hay que reinventar la democracia. Si el hombre es, no el hombre de la naturaleza, sino el hombre de la cultura, tiene mucho sentido la pregunta que hemos puesto en el centro de nuestras reflexiones: ¿Cómo el proceso educativo, cómo el proceso de creación y difusión de la cultura, pueden contribuir a reinventar y refundar la 'democracia, a darle vida al ideal democrático, a acortar las distancias entre esa cáscara vacía o casi vacía que son hoy los regímenes democráticos y ese ideal que sigue siendo dinamizador de los grande:; procesos históricos, de lo que somos testigos y actores, a veces sin tener mucha conciencia de ellos?

Los trabajos que a continuación se publican constituyen desde distintos ángulos – doctrinarios, políticos, técnicos – un aporte para ir buscando respuestas a esas interrogantes que nos formuláramos antes. Ellos están destinados a quienes como nosotros también se preguntan y se plantean las mismas cuestiones que de manera tan radical atañen al destino de la democracia.